Otros – Francisco Campos https://fcocamposrojo.com Escritor Wed, 09 Jan 2019 10:12:20 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.1 El mágico libro de los infinitos cuentos https://fcocamposrojo.com/el-magico-libro-de-los-infinitos-cuentos/ Sat, 20 Oct 2018 13:11:59 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=819 El libro de los cuentos infinitos, un lugar donde la fantasía nunca acaba

La editorial Dimensional Publications & Fantasy recupera la leyenda procedente del siglo XVII de una obra muy especial en la que cada relato siempre es diferente.

 El libro de los cuentos infinitosAl igual que el Ratón Pérez o los Reyes Magos, esta publicación pretende convertirse en una fábula más de las muchas que forman parte de la infancia.

Abrir una obra literaria y que su contenido siempre sea diferente. La fantasía nunca acaba en El mágico libro de los infinitos cuentos, ya que a cada «colorín colorado» le precede un relato que puede tener dragones, duendes o jóvenes caballeros. Porque el único límite, como indica entre sus páginas, es el de la imaginación de todos los niños y niñas del mundo, los que aún lo son, los que lo fueron y los que siempre lo serán.

(Eldiario.com)

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https://fcocamposrojo.com/817/ Sat, 20 Oct 2018 13:00:15 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=817 «Nos han lavado el cerebro para pensar que cada uno es responsable de su propio éxito o fracaso»

Daria Bogdanska publica «Esclavos del trabajo», un cómic autobiográfico en el que muestra que Suecia no es siempre el paraíso del bienestar

«La gente empieza a estar harta de trabajar cada vez más y tener cada vez menos derechos»

Imagen del cómic Esclavos del trabajo

La autora llegó a Malmö con la idea de encontrar un trabajo e iniciar una vida en ese epítome de la civilización después de haber pasado por varios países huyendo de su Polonia natal. Pero no se esperaba que conseguir los papeles para poder tener un empleo, incluso siendo europea, fuese un delirio kafkiano y prácticamente irresoluble. Como muchos de sus amigos, aceptó simultáneamente dos empleos precarios y sin contrato para poder sobrevivir hasta que un día su indignación llegó a su punto álgido y decidió rebelarse. Se puso en contacto con un sindicato y una periodista y comenzó su lucha por los derechos laborales.

«El Diario.es)

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Discurso de Martin Scorsese https://fcocamposrojo.com/discurso-de-martin-scorsese/ Sat, 20 Oct 2018 12:48:38 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=815 Captura del discurso de Martin Scorsese en los Premios Princesa emitido por TVEComo amante del cine me conmovió el discurso de Martin Scorcese en la entrega de los premios «Princesa de Asturias»

Me conmovió, por sus temores y lánguidas palabras en relación a las nuevas tecnologías, sobre la fragilidad de los autores y porque lo digital puede que acabe con toda esa maravillosa industria de los sueños. Me conmovió, además, por el atávico desprecio hacía la cultura de algunos sectores conservadores, por que lo ven como el enemigo a batir y porque no entienden que sin arte y cultura el mundo será un vacío donde dinero y poder serán cuestiones predominantes.

Vaya un brindis por la esperanza, vaya otro por los creadores y artista como él y vaya un último por aquellos dispuestos a luchar para que el arte subsista pese a los agoreros y sus detractores.

Que así sea.

Os dejo el enlace para que podáis leer el discurso completo:

https://www.eldiario.es/cultura/cine/discurso-Martin-Scorsese-tecnologia-Permite_0_826618339.html

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Club de Lectura – Estación de Cártama https://fcocamposrojo.com/club-de-lectura-estacion-de-cartama/ Sat, 22 Sep 2018 12:35:11 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=766 De la mano de Cristina, la encantadora coordinadora de la biblioteca y del Club de Lectores de la Estación de Cártama, días atrás tuve la oportunidad de reunirme con una parte de sus componentes y no hubo lugar para el aburrimiento. En un intercambio de ideas, la charla fue divertida, simpática. aclaratoria, bastante amena y, sobre todo, motivadora.

Durante la reunión, tuve ocasión de hablar de mis novelas, de contestar a todas su preguntas y de explicarles ciertas claves y simbolismos que aparecen en ellas. 

Finalmente, acordaron leer para posteriormente debatirlo mi libro «El secreto de aquel teatrillo ambulante» motivado por algunas de las chicas que ya la habían leído.

Una estupenda reunión en la que al final acordamos una nueva cita, así como la presentación de mi nueva novela «El Poema Maldito» en uno de sus amplios salones.

Gracias Cristina, gracias a tod@s.

 

 

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El eclipse de los sueños – sinopsis https://fcocamposrojo.com/el-eclipse-de-los-suenos-sinopsis/ Wed, 27 Dec 2017 17:41:03 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=435 El eclipse de los sueños

Sinopsis

Basada en las históricas madrinas de guerra, las cuales entretenían a los soldados de la guerra civil española con sus cartas, “El eclipse de los sueños” es una preciosa historia, emotiva y pasional, que narra las desgarradoras desventuras de una serie de personajes a lo largo del tumultuoso periodo entre 1920 y 1978.

Siendo jóvenes, el futuro les ofrece a los protagonistas grandes promesas. Sin embargo, sus sueños pronto se ven truncados: súbitamente son arrastrados a la guerra. Las cartas que intercambian con sus respectivas parejas nos cuentan cómo miles de soldados vivieron la contienda, sin más ilusión que la espera del cartero. Estas cartas se convertirán en su único aliento, en su único vínculo con la vida, en la única vía de escape del horror.

La novela habla de esperanza y amoríos, de lealtad y de amistad, de aventuras, frustraciones e incertidumbres, del encuentro directo con la muerte, del desarraigo y el dolor de una larga posguerra, de los bruscos giros que da la vida y, en definitiva, del traumático eclipse que supuso la guerra para demasiados sueños que jamás se cumplieron.

Una conmovedora historia que le enganchará desde el principio.

Calificada por algunos lectores como “La gran novela de la guerra civil”

Tierna, fascinante, bellísima, emocionante, maravillosa, original… bien documentada.

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El secreto de aquel teatrillo ambulante – Sinopsis https://fcocamposrojo.com/el-secreto-de-aquel-teatrillo-ambulante-sinopsis/ Wed, 27 Dec 2017 15:49:08 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=431 EL SECRETO DE AQUEL TEATRILLO AMBULANTE

Sinopsis.

Basada en hechos reales, esta interesante novela cuenta un hermosísimo romance juvenil y la dramática historia de una familia, de la llamada tercera España, represaliada por el franquismo, que sobrevive en la posguerra, yendo de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, representando obras de teatro con el empeño de desentrañar el terrible enigma que corroe las entrañas de todos ellos.

Con un ligero optimismo y mucha simbología, página a página, capítulo a capítulo se irán destapando los fantasmas del pasado: los conmovedores secretos de cada personaje, sus sueños y amoríos; las inquietudes de aquella juventud, representativa del pueblo andaluz, en los comienzos del tocadiscos, los guateques y el Rock and roll. Y la integridad y fidelidad a los ideales de sus protagonistas, así como la unidad del clan familiar en busca de su Libertad arrebatada.

Es, además, un viaje a lo imposible, al tiempo que todo lo cambia: al miedo y al temor de destapar el pasado: a lo viejo y lo nuevo, a lo nuevo y lo viejo, y al desesperado intento de remozar y mantener la fachada de algo que se desmorona.

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Así comienza próxima novela «El 0C4S0 DEL P4R4DI6M4» https://fcocamposrojo.com/asi-comienza-proxima-novela-el-0c4s0-del-p4r4di6m4/ Wed, 27 Dec 2017 15:38:49 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=429 ASÍ COMIENZA:

“EL 0C4S0 DEL P4R4DI6M4”

Si pudiésemos acceder a los archivos del tiempo, para recuperar esas serpentinas imágenes, que tal vez cabalguen indefinidamente por el incomprensible, misterioso e ilimitado espacio estelar, visualizaríamos bajo el perpetuo manto de la oscura noche hologramas históricos de un concreto pasado; cacofonías salvajes gravadas en las paredes de éste maldito edificio, infausta cárcel de mujeres en otros tiempos, y escalofriantes lamentos que aún guarda el adoquinado de este sombrío y sempiterno patio, así como muchos de los violentos secretos que sucedieron durante el transcurso de la última sanguinaria guerra. Comprenderíamos, para no olvidar quienes son, que la insidia siempre se repite, que las vibrantes botas opresoras que hieren apresuradas pisando fuerte la epidermis del mundo en este preciso instante, protegen e incomprensiblemente siempre protegerán a los mismos: a los crueles y ladrones de guante blanco; a los petulantes dirigentes que cometen infinidad de fechorías, frente al pueblo y la razón del mundo.

Pero, desgraciadamente, la historia se repite de forma cíclica. Antiguamente el pueblo se rebelaba con aperos de labranza u otros artefactos artesanos contra esa oligarquía de poder; hoy, en el siglo XXI, las herramientas, las armas, los modos, pueden que sean muy distintos.

El sargento apodado “El Búho”, henchido de vanidad, jactándose de mandar la unidad más implacable y resolutiva de la región, metía prisa a las huestes que cruzaban el patio, vociferando improperios, para que subieran a los furgones todos ellos cargados de material bélico disuasorio, dispuestos para reprimir la verdadera justicia.

Fríos, aquellos chicos obedecían las órdenes sin rechistar; incitados por su jefe, se apresuraban hasta situarse en el asiento correspondiente.

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El secreto de aquel teatrillo ambulante – capítulo 1 https://fcocamposrojo.com/el-secreto-de-aquel-teatrillo-ambulante-capitulo-1/ Tue, 26 Dec 2017 16:44:43 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=413

Capítulo 1º

Al contrario que los astrólogos, no me aventuro a presagiar si las confluencias de las estrellas, el sol, la luna o los planetas ejercen sobre las personas la buena o mala fortuna, o si la naturaleza proyecta su misteriosa fuerza sobre ciertos lugares, con la intención de desviar su destino o para convertirlos en épicos o tenebrosos.

No lo sé.

Lo que sí intuyo es que algo extraño debió de sobrevolar aquel pequeño pueblo del sur, donde nací y correteé, en aquel corto espacio de tiempo de mi juventud, época de mi vida en la que comenzaba a fantasear con elevados ideales e imprecisos sueños.

Ocurrió aquel año, el año de las malvasías, el mismo en que tras un larguísimo y forzado exilio regresaron las cigüeñas misteriosamente. La maravillosa y corta primavera en la que la afectuosa madre de mi amigo Rafa, siempre de luto, consiguiera por fin que germinara su ansiado y delicado caracol real, una especie de planta trepadora de bellas flores blancas y violáceas, -la cual se enredaba en una pared, con dos rosales, uno rojo y otro amarillo-, que desprendían un suave, dulzón y embriagador aroma que inundaba la azotea donde viví preciosos momentos y que emborrachó mis sentidos, enamorándome locamente de aquella preciosa chica llamada Eligia, en los días de aquellos fatídicos hechos que cambió mi vida para siempre.

Ha pasado mucho tiempo y la terraza que diviso desde este altozano evocador difiere bastante de mis idealizados recuerdos. En ella se exhiben ahora ladrillos apilados, tejas, persianas de plástico enrolladas y varios muebles viejos, quizás hinchados por el agua de la lluvia. Las frescas macetas han desaparecido y aquella planta que tanto me inspiró también.

Jamás he vuelto a respirarla, pese a ello, su encantador y persistente perfume aún impregna mi mente, del mismo modo que se mantienen vivos en mi pensamiento la impronta de aquella combinación de flores, los guateques que allí celebramos, y los ignominiosos actos que rodearon el angustioso final de mi enamoramiento juvenil, en aquella maravillosa e inolvidable primavera.

Corría el año 1962, hacía un par de semanas que acababa de cumplir los dieciocho años. Los juegos infantiles y el colegio privado donde mi padre, policía municipal de oficio, me tenía matriculado, habían quedado atrás. Olvidé la totalidad de la Enciclopedia Álvarez, los quebrados, los tiempos verbales –incluido el pretérito pluscuamperfecto, que me traía loco–, cuál era la raíz cuadrada de cuatro o quién era Carlos I de España y V de Alemania. Y me concentré en la pandilla de amigos, que era lo que más me interesaba.

Con mis amigos, jugaba en los recreativos al billar o al futbolín. En la mercería de Rafa escuchaba cotilleos domésticos y, en la casa de Benito, todos juntos, practicábamos el póquer que aprendimos en los filmes americanos. Comiendo pipas de girasol, dábamos lánguidos paseos por la carretera al atardecer proyectando fiestas o hablando del futuro y, en las tertulias masculinas de barbería, donde a menudo se evocaba el día en que una joven Brigitte Bardot rodó una escena de su película “Les bijoutiers du clair de lune”, en la que intervino medio pueblo, cautivándonos a todos durante muchos años, se discutía de fútbol y boxeo.

Si bien ellos lo odiaban, a mi me encantaba subir a la montaña para contemplar los paisajes en soledad. A menudo me tendía en la hierba, miraba a las nubes pasar y, en ellas, imaginaba, o descubría, extrañas formas: dragones, caballos, leones u otros animales míticos. Y lloraba emocionado, enternecido a veces, o reía con fuerzas, sin lograr entenderme.

Construí mi santuario en mi propia habitación y allí pasaba horas y horas enajenado, ojeando mi colección de postales del mundo; fantaseando, tal vez al igual que Julio Verne, con viajes al fin del mundo. Recuerdo que me fascinaban las de Nueva York y Chicago, Paris, Brasilia, y una fastuosa panorámica de las cataratas Victoria africanas. Entre otras alternativas, deseaba ser fotógrafo, y guardaba recortes de revistas donde anunciaban las mejores cámaras. Era contradictorio, no me gustaba el colegio y, sin embargo, me apasionaba resolver crucigramas, problemas matemáticos, devorar novelas cortas del oeste o comerme el coco con los candorosos relatos del Reader´s Digest, “the sweet, christian and idylic American Way of Life”. En mi habitación apilaba montones de esas publicaciones, que releía para sentirme audaz. Ocupaban mis ratos libres, me llevaban a tiempos pasados, llenos de añejos valores. Me escoltaron en las noches de insomnio, desasosiego y pesadillas motivando el sueño nocturno; me ayudaron a luchar contra los malos augurios y me defendieron de los malvados con lealtad y osadía. Junto a ellas, inmejorablemente amontonados, mis viejos tebeos, que tantos buenos ratos me proporcionaron en la infancia, me vigilaban ahora arrinconados, cubiertos por el polvo de la apatía; por el silencio del abandono.

Quería muchísimo a mi madre y le tenía un respeto enorme a mi padre, pero me molestaba que se quejaran de mi supuesta “pereza” y de los pretextos que buscaban para regañarme. Ella me reprochaba el hecho de haber dejado de ir a misa, él de no asistir a la sede de la O.J.E. el antiguo Frente de Juventudes de la Falange.

Hasta que no tuve criterio propio y me rebelé, yo estaba subyugado, como la mayoría de la gente de esos años, por estas dos impuestas ideologías: la religiosa y la política; pero poco a poco me fueron decepcionando y las dejé de lado.

Me aparté de la Iglesia y de los curas porque, hasta entonces, me intimidaban: sus reiterativas y pueriles palabras, sus negatividades, sus exagerados mensajes de miedo y…, las negras sotanas, las vírgenes dolorosas, los santos martirizados y los cristos crucificados o muertos. En cuanto a la O.J.E: sus exaltadas consignas, sus autoritarios programas, la manipulación de las voluntades infantiles y…, los uniformes, tanto el de flecha y su boina roja, como el de policía de mi padre. Uno vendía el más allá, el otro el futuro y… yo quería vivir el presente. Sobre todo, en ambos casos, dejaron de atraerme sus salmos sacros, sus canticos intangibles, y me enamoraron muchísimo más, las canciones, la estética y el ritmo de “Elvis Presley”, de los “Everly Brodhers”, de “Los Estudiantes”, de “Lone Star”, de “Los Teen Tops”, del “Dúo Dinámico”. Y sus movimientos y sus bailes.

Descubrí el sugerente espejo, ante el cual podía cambiar de imagen combinando los colores de la ropa o usando el peine para cambiar mi aspecto.

Y eso era, pura magia.

Mi madre criticaba, además, el tiempo que permanecía en el interior del cuarto de aseo. Pero es que el tupé jamás quedaba a mi gusto, y sólo la crema fijadora o en su defecto el zumo de limón me lo mantenía inalterable. ¡Esa era la excusa! La verdad, y ella lo sabía, es que las hormonas hacían sus estragos, las calenturas sexuales me atormentaban y me escondía en los últimos rincones para satisfacerlas.

«¿Cuántas horas pasaría allí dentro?»

Recuerdo que a solas me sentía un hombrecillo. Mi barba se poblada más lentamente de lo que yo deseaba y el vello iba cubriendo poco a poco ciertas partes de mi cuerpo. En mi cara aparecían y desaparecían espinillas y barrillos por doquier. Afeitarme las cuatro pelusas era un suplicio. La cuchilla “La Rosa” provocaba minúsculas hemorragias que yo taponaba con trozos pequeños de papel higiénico del “Elefante”. Como en mi casa, no sé por qué, siempre había gente, al salir del baño cubierto de papelillos ensangrentados percibía a mi alrededor miradas y sonrisas compasivas que me sonrojaban y me llenaban de pavor.

El cine era otra de mis grandes pasiones. Sentado sobre mi taburete, imaginaba ser héroe de la pantalla: descarado y simpático como Cary Grant, guapo y fuerte como Gary Cooper o valiente y seguro de mí mismo como John Wayne. Hasta tal punto me fascinaban las películas, que hacía ya dos años que me afanaba por aprender el manejo de la máquina Ossa en la cabina de proyección del cinematógrafo del pueblo. Soñaba entonces, que aquel sería el principio de una fulgurante carrera: con que algún día sería actor, o un gran director de cine, que me rodearía de todos aquellos artistas y que las maravillosas actrices, de las cuales estaba enamorado, estarían a mis órdenes. Entelequia que sólo un tímido, un retraído idealista, podía imaginar.

*      *      *

Abstraído en sus recuerdos de juventud, Boris no había reparado en que una señora mayor, acompañada de dos chicas, bajaba aquella larga rampa, en dirección al descansillo donde él se encontraba.

Cansadas, decidieron respirar un poco en aquel primer canapé y sentarse en el muro de cemento dispuesto a modo de banco.

  • Toma, sécate el sudor con este pañuelo, mamá —ofreció una de aquellas muchachas.
  • Gracias, hija, me hacía falta reposar un ratito. Los pies me arden como ascuas de carbón —dijo la señora mientras se limpiaba la frente.

De repente, Boris despertó de su ensimismamiento. Giró la cabeza y, curioseando, miró a aquella señora. Su voz le sonaba, la había oído antes, la conocía.

  • Cinco minutos, mamá, Eusebio nos espera. El pobre estará que se sube por las paredes —apremió la otra hija.
  • Déjame suspirar al menos, hija, no aprietes tanto —habló de nuevo la mujer.
  • Perdone, señora —se excusó de repente Boris, mirándola fijamente.

La mujer lo escrutó de arriba abajo con las cejas arqueadas. Las hijas lo miraron de reojo, expectantes.

  • Perdone, ¿se llama usted Mercedes? Doña Mercedes —preguntó Boris con cierta timidez.
  • ¿Quién eres? Por el habla no es usted de estas tierras —respondió la señora, curioseando a su vez.
  • Soy Boris, el hijo de Enrique el policía. Usted fue mi maestra… ¿se acuerda de mí?
  • ¿Boris? —lo miró con el ceño fruncido, pero algo más relajada—. Aquel chico que… ¡Claro que me acuerdo! ¡Estás tan cambiado! Pero… tú no vives aquí, ¿verdad?
  • ¡No, claro que no!
  • Sí, te recuerdo, hijo. Eras muy listo y muy meticuloso, las matemáticas no se te daban mal, pero eras demasiado tímido y fantasioso. ¿Has cambiado?
  • En lo esencial sigo igual de cuadriculado, pero los palos de la vida me hicieron perder la timidez.
  • ¡Ay Jesús! Los avatares se lleva lo mejor de este pueblo…! —se lamentó mientras escrutaba el envejecido rostro de Boris. Y de pronto añadió—: Lo que le hicieron a tu padre fue una canallada. Una canallada que este pueblo tendría que resarcir. Él hizo el bien… y le pagaron de aquella manera. ¿Vive aún?
  • No, murió trabajando igual que un esclavo, añorando el regreso que nunca llegó.
  • Fue una pena, hijo, una mala noche que todo el pueblo sufrió con vosotros… Y tú, ¿cómo estás? ¿A qué te dedicas?
  • Mamá, tenemos que regresar. Eusebio…
  • Perdona, Boris, es que nos esperan. ¿Vas a estar muchos días por aquí?
  • Posiblemente una semana.
  • Entonces ven a visitarme, será un placer charlar contigo más extensamente. ¿Sabes? Eras uno de mis mejores alumnos, yo te apreciaba bastante.
  • Mamá, no te enrolles, que no podemos esperar más —tiró de su madre y la puso de pie—. Perdone, Boris, es que tenemos mucha prisa.
  • Bien, bien, no se preocupen.
  • Hijo, ya no mando nada —diciendo esto, las chicas la tomaron por el brazo y siguieron bajando el camino—. No dejes de venir a verme, tenemos muchas cosas de qué hablar ¿Quedaste bien de aquel accidente? Quiero saberlo todo de ti, te espero.

El encuentro hizo rememorar a Boris sus años de colegio; aquellos maravillosos años en que aquella amable y excelente profesora creía firmemente en él. Y el fatídico accidente que cortó de cuajo su idílica historia de amor, y que por nada del mudo hubiese querido que nada ni nadie le hubiese recordado ese período de amarga desolación. Sería un día de gratos reencuentros y se esforzaba sólo por evocar los felices tiempos en que él era un pimpollo.

*      *      *

Doña Mercedes era una encantadora mujer. Buscó mi verdadera vocación y se afanó por extraer lo mejor de mí. Trató de meter en mi cabeza un cierto grado de responsabilidad y anheló que yo encontrase un camino donde emplear mis supuestas habilidades. Pero con dieciséis años el futuro lo veía extraordinariamente lejano, el colegio  público de la época, repetitivo hasta la saciedad y poco estimulante influyó definitivamente en mi posterior abandono y, además, creía que sería joven toda la vida… ¡Cuánto lo he lamentado! ¡Cuánto eché de menos  una mejor preparación! ¡Y lo intentó! ¡De veras que lo intentó!

Pero yo era un necio, un inmaduro, un ser contradictorio, que aún babeaba infantilismo.

En aquellos tiempos abandonábamos la escuela pública a los catorce años. Los padres interesados en continuar educando a sus hijos recurrían a ella o a los maestros don Antonio o don Alejo, que impartían clases privadas y preparaban para el ingreso al bachillerato. Pero a mí en junio me catearon, y aunque seguí con don Antonio y luego con don Alejo, fue inútil; en septiembre, ni me presenté.

Comprendiendo que ya con dieciséis años no obtendría de mí nada más productivo, mi padre, mi recto padre aprovechó la coyuntura y me colocó como aprendiz del ayudante del ayudante del operador de cabina del cinematógrafo, sin cobrar ni un céntimo.

Y para convencerme me dijo:

  • ¡Ese es un buen oficio, promete; con él tendrás un brillante futuro!

No hubo réplica, dominado, agaché la cabeza como tantas veces ante él y acepté la sentencia. Me presenté donde me dijo y comencé a aprender cómo manejar los elementos para el montaje de los rollos de filme.

En el año 1960 los aparatos de televisión instalados en el pueblo se contaban con los dedos de una mano. La calidad de la señal era muy pobre, los detractores eran muchos y nadie intuía que aquel novedoso y fascinante aparato se convertiría en lo que hoy es. Nadie, excepto el clarividente de don Agapito, anterior propietario del cinematógrafo, que astutamente vendió la sala, advirtiendo que aquel infame artilugio acabaría con todo.

Y don Lucio, un vehemente empresario de origen sevillano, chacinero y carnicero, al que le faltaban dos dedos de la mano izquierda, parte del anular y del meñique, por un corte de hacha, atraído, fascinado por las películas o quizás por el negocio que suponía por entonces las salas de cine, fue quien lo adquirió.

Medianamente alto, moderadamente delgado, con abundante pelo blanco, un refulgente colmillo de oro, un bigote extremadamente fino, parecido a una hilera de hormigas, y un extraño tic en el ojo izquierdo que se acentuaba cuando se enfadaba. Don Lucio, paternal y campechano, casado, con dos hijos y un perrito faldero, que su señora, doña Engracia, acostumbraba a llevar entre sus brazos, al principio, prometió grandes cambios. Anunció, que apostaría por el futuro colocando una pantalla más grande para programar las más novedosas producciones, instalaría los aparatos de proyección más modernos para evitar cortes, mejoraría la calidad del sonido y cambiaría los asientos, que por entonces eran de madera.

Cuando tomó posesión, pintó la fachada, desinfectó la sala y las butacas, alicató los baños, dispuso nuevos urinarios. Y para congraciarse con nosotros, los empleados, tuvo el noble gesto de aumentarnos el sueldo; a mí, diez duros a la semana.

Instaló, además, un enorme altavoz de trompeta en el exterior, un tocadiscos y un micrófono en la cabina, con el propósito de atraer al público con música y así anunciar, a viva voz, la película del día. En el vestíbulo grapó numerosos y atractivos carteles de famosísimas películas: “Lo que el viento se llevó” “Sinuhé el egipcio” “Trapecio” “El hombre tranquilo” “La tentación vive arriba” “Con la muerte en los talones” “Vértigo” “Río Bravo” “Ben-Hur” y “Los diez mandamientos” entre otras muchas.

Y en el centro de la pared de su despacho colgó un enorme retrato de José Antonio Primo de Rivera y, a los lados, con marcos algo más pequeños a Francisco Franco, al Papa Pío XII y la Virgen Macarena. En el rincón de la izquierda la bandera negra y roja de la Falange, a la derecha, la enseña fascista nacional. Sobre la mesa dos fotografías de sus hijos, una de su mujer, otra del perrito faldero, otra de un varón medio descolorida, que según se decía era de su padre, y un crucifijo de metal sobre un pedestal de mármol.

Con ello dejaba claro cuáles eran sus ideales; sus inclinaciones políticas y religiosas.

Por aquellos años, cada día de la semana se proyectaba una película distinta: las mediocres de lunes a jueves; las de éxito, que no siempre eran buenas, los viernes, sábados y domingos. Como la sala se llenaba en cada velada, el nuevo empresario amplió las sesiones, los fines de semana.

Los programas matinales eran, por supuesto, después de la misa; alrededor de las once. Con una asistencia, mayoritariamente infantil, las pelis solían ser de humor, acción o aventuras, Por supuesto, autorizadas para todas las edades. Para estimular la asistencia, con la entrada sorteaba pelotas de goma, caballos de cartón, muñecas de trapo o juegos reunidos.

Con un público fiel, pues no existía en el pueblo mejor diversión, durante los dos primeros años, don Lucio, capaz de lo bueno y lo malo, explotó la sala al máximo relegando sus propias promesas: encareció el precio de las entradas, se olvidó de renovar los asientos, el sonido continuó siendo un desastre, las películas maravillosas que juró proyectar nunca llegaban, y la instalación de la pantalla grande y la doble máquina de proyección que evitaría los cortes de cinco minutos para cambiar las bobinas, se postergaron. Con esas decisiones, mostró su verdadera personalidad, su desmesurado egoísmo.

Por aquellos años, la mayoría de las películas eran rodadas en color, sin embargo, don Lucio se empeñaba en maquillar el mundo, su mundo, en blanco y negro. Alquilaba cine barato de serie B para un público facilón y escaso de criterio: folklóricas, históricas, dramáticas, comedias made in Spain, mejicanas de Cantinflas o Jorge Negrete, westerns americanos, aventuras de Tarzán, comedias de humor (Charlot, el Gordo y el Flaco), de corsarios, piratas y policías, vampiros, fantasmas y momias. Y toda la serie de cintas de amoríos, frustrados o no, para llorar, reír, suspirar, emocionarse, ser valiente, enamorarse de la belleza de las artistas o sufrir de miedo. El Nodo, noticiario exclusivo de propaganda política del régimen, abría todas las sesiones. Luego, una o dos veces por semana proyectaba las que ensalzaban los valores cristianos, la victoria en la reciente guerra, así como sus héroes y sus mártires.

Ahora, a mis años, con la distancia del tiempo, recuerdo todo aquello y sé que don Lucio trató de salvaguardar sus ideales patrios con la severidad equivocada y paternalista de un hermano mayor. Con todo, por aquella época éramos tan inocentes, tan ingenuos que todas esas cintas, comedias y dramas inolvidables, tenían un sentido para él, y un especial valor sentimental para mí. Sobre todo las españolas. Son el pasado, mi juventud. ¿Cómo olvidarlas? ¿Cómo desdeñar a tantos actores y actrices? ¿Cómo no evocar “Calabuch”, “el Pisito”, “Plácido”, “Muerte de un ciclista”, “Atraco a las tres”, “Novio a la vista”, “Historias de la radio”, y toda la serie de Berlanga que tanto éxito tenían? ¿Cómo dejarlas a un lado, cómo no hacer memoria de tantos ratos de buen entretenimiento?

Pasado algún tiempo me sentía feliz, don Lucio me trataba bien, veía gratis todas las películas y presumía con los amigos de conocer los finales antes que nadie.

Recuerdo que entre las latas de película se incluía una cartulina de color azulino donde los censores reseñaban las escenas “a guillotinar”. Durante el montaje o unión de los rollos, para evitar que los descansos fuesen largos, pacientemente buscábamos los puntos señalados, pero en el noventa por ciento de los casos las cintas eran viejas, habían sido proyectadas miles de veces y éstas habían desaparecido.

Y para indignación de los espectadores, en aquel cine ocurría de todo un poco: a veces se cambiaba la secuencia natural de los rollos colocándose el final en el intermedio, o el principio en el fin. En otras ocasiones, faltaba algún carrete y los saltos en el ritmo eran enormes. De tarde en tarde, también sucedía que se invertía la cinta y la banda sonora se ausentaba. En fin, un folletín que volvía locos a los asistentes que salían de la sala protestando y culpando al equipo de arriba, no sin cierta razón.

También pasaba cuando, por orden de la superioridad eclesiástica, poníamos las manos ante el objetivo durante los castos besos o en las escenas más picantes. Las protestas del público se hacían notar y desde la cabina oíamos los disonantes silbidos y los estruendosos pataleos provenientes de la sala. Otras veces, las películas se rompían o ardían debido a que, en muchos casos, eran cintas demasiados antiguas, frágiles y reveladas en nitrato de celulosa, compuesto químico altamente inflamable, y el escándalo volvía a repetirse.

Si bien se disculpaba con el público por aquellos fallos, después nos echaba la bronca gritando. En realidad a don Lucio todo eso le traía sin cuidado ¡La taquilla es lo importante! repetía frecuentemente. En el pueblo no existía otra distracción y el público debía aguantar aquellos “avatares involuntarios”, como él los llamaba.

Se las prometía felices. Pensaba que su negocio era un chollo inacabable. Sin embargo, un día apareció aquella familia y todo cambió para siempre. El enfado de don Lucio, en lucha por la supremacía, cabalgó por los senderos de la burocracia franquista, armó un gran escándalo y lo que en principio iba a durar tan solo una semana, para mi suerte, se prolongó dos meses.

Esa circunstancia inesperada desencadenó una serie de insólitas casualidades que marcarían un antes y un después en el pueblo, que la gente nunca olvidaría.

*      *      *

  • Perdonen que a veces me extienda con excesivos datos ¡Sucedieron tantas cosas! ¡Un poco más! ¡En el próximo rellano proseguiré mi historia! —dijo Boris afrontando un nuevo trecho.

Sin duda, era un confuso día de sensaciones intensas. Lo primero que había hecho cuando llegó al pueblo a primera hora de la mañana había sido tomar el camino a la ermita solo. Su mujer, su hija y su futuro yerno tenían muchas cosas que hacer y no podían acompañarlo.

Boris no era creyente, pero visitar la capilla de la Virgen de su pueblo era una especie de cortesía obligatoria que todo hijo de la villa realizaba voluntariamente, como una promesa o un deber impuesto por la tradición a cualquiera que regresaba tras un periodo de ausencia, por corto que este fuera. Y él hacía cuarenta años que no subía.

  • ¡Uffffff! ¡Inspiro algo de aire y continúo con vosotros! —Boris suspiró profundamente y se restregó la frente con un pañuelo.

Miró el paisaje y prosiguió su narración.

*      *      *

Con aquella edad, la vestimenta era de vital importancia, y ya no permitía que mi madre me la comprara. Los politos, las camisas de flores, los pantalones de tubo y los vaqueros eran la moda. Montar en moto, aunque fuese de paquete, era vacilar.

A través de una vieja radio me atrapó la música moderna. Un amigo, tan desgarbado como yo, me enseñó a bailar mis primeros pasos: uno dos, uno dos, tres. Pero la inseguridad en él, unida a la timidez propia de la edad o a la torpeza mecánica de mis movimientos, hicieron que en los primeros guateques a los que asistí me dedicase a pinchar los discos –o las placas, como así se denominaban los vinilos por aquel entonces– para no afrontar la vergüenza que sentía. Ingenuamente creía que, de esa manera, mi estima quedaría a salvo frente a las chicas. Lo que en realidad era miedo, lo revestía de tontas excusas.

Sin embargo, en mi interior imperaba el desconsuelo, pues, en la distancia, mis ardores imberbes y mis miradas furtivas contemplaban sus sensuales curvas, sus insinuantes y disimuladas risitas, sus carmíneos labios y sus “pluscuamperfectos” contoneos, aumentando “superlativamente” mi desolación.

El simple percance de rozarlas fortuitamente me ruborizaba, y sólo el pensar en bailar con ellas, me turbaba. Así pues, hablarles mirándoles de frente a los ojos era un horizonte infinito e inalcanzable que me tenía vetado a mí mismo. Sufría lo indecible por ser incapaz de vencer aquella cobardía adolescente. Bordeaba los deseos lascivos meciéndome en la cuerda de la represión y de las prohibiciones clericales.

Todo aquello sucedió en la época de los guateques, en los tiempos en que una “Plaga” invadió nuestros corazones, quisimos a una tal “Popotitos” y gracias al “Rock del reloj” casi nos encierran con el “Rock de la cárcel”. Cuando la música inocente cantaba a los “Quince años” o a “Todos los chicos y chicas”; en los años que nos incitaba a “Estremecerse”; el periodo en que algunas puritanas se escandalizaban con la letra del “Bésame mucho”. El verano que detrás de una “Puerta verde” había una fiesta a la que nadie logró asistir o aquel en que una “Marcianita” enamoraba al cantante Billy Cafaro. Tiempo de evolución en el cual quedaron atrás los boleros de Antonio Machín, Bonet de Sampedro o Jorge Sepúlveda y toda la música rancia y folclórica, que cantaban a las penas, a las ausencias, a las traiciones o a los frustrados amoríos.

Los Pick-up o tocadiscos se trasladaban de casa en casa portándolos debajo del brazo y cada joven aportaba sus propias placas. Conseguir que nuestras madres nos dejasen los patios o las terrazas para bailar era harto difícil, aunque se le rogase de rodillas. Enfadados, intentábamos lograr que entendiesen nuestros ardores juveniles y los deseos de desfogar nuestros instintos, sobre todo marcar una diferencia para romper con el pasado triste de la posguerra e imponer nuestros propios criterios.

“¡Éramos tan jóvenes!”, tan ingenuos, que pensábamos que el paraíso estaba en América. Que con el pelo largo, las motos y los coches ligaríamos más o que después de comer perdices se hallaba la felicidad. En fin. Ilusión, juventud, sueños e inocencia.

Ahora, desde la distancia, todo aquello me parece cómico. Sin embargo, por aquel entonces, en este pueblo al que hoy, tras mucho tiempo, he regresado, ni yo ni la mayoría de mis amigos éramos demasiado felices. Tampoco lo contrario. Reíamos cuando teníamos que reír, sufríamos con la distancia que nos marcaban las chicas y soñábamos con volar por esos lejanos mundos, conduciendo aquellos descapotables americanos que las películas propagandísticas made in Usa tan descaradamente nos mostraban.

La música y los filmes extranjeros se adentraban con paso firme en el país, rivalizando por hacerse un hueco en nuestras vidas en detrimento del teatro y el folklore nacional. El orden establecido y el conservadurismo recalcitrante, al parecer, se sentían provocados por ello.

Nos habían instruido machaconamente acerca de lo que era la monarquía, el Movimiento Nacional y sus “héroes”. Nos adoctrinaron con los valores de la Falange, la Iglesia y los conceptos cristianos, pero desconocíamos sus miserias o sus limitaciones, los últimos hechos del pasado o el por qué de la reciente guerra. Ignorábamos en qué consistían la democracia y la república, que existiesen sindicatos u organizaciones obreras. Nos ocultaron por qué nos daban la espalda la mayoría de los países, por qué se instalaron los yankees en nuestro país o por qué atentaba la ETA. Nos dijeron que nuestra nación era la más avanzada del mundo y nosotros lo creímos. Nos aseguraron que en deporte éramos los mejores y llorábamos cuando perdíamos.

Acusando a la libertad, hostigaron y cargaron contra los estudiantes en las universidades. Por el Contubernio de Munich recriminaron y tacharon a los partidos políticos y a sus dirigentes de desestabilizadores. Reprimieron violentamente manifestaciones y huelgas, tan presentes por aquel entonces, y prohibieron el derecho de reunión. Mentira tras mentira que los ingenuos jóvenes nos tragábamos porque no existía información veraz. La prensa y la radio estaban manipuladas. La única educación política que recibíamos era la “Formación del Espíritu Nacional”.

Fueron años inciertos en los que la lucha de los viejos antagonismos surgía de la oscuridad: los déspotas reprimían a los humildes, el gobierno disimulaba la corrupción, la tradición frenaba la apertura, la censura frustraba la cultura, la imaginación se hallaba bajo sospecha y la burocracia impedía el desarrollo. El sistema y la jerarquía eclesiástica lidiaban contra el mundo.

*      *      *

  • Perdonen, pero voy a continuar subiendo. Después les sigo contando —dijo de pronto Boris antes de afrontar otra empinada etapa.

Mientras subía por aquel empedrado, los huesos de los pies y los músculos gemelos de las piernas protestaban con pequeños dolores. Sudores fríos recorrían sus dorsales y riñones, haciéndole notar cierto ahogo que él atribuía al largo periodo en que fue un contumaz fumador.

Recordaba que, de joven, accedía a la ermita tan rápido como una centella, bien a través del camino, bien a través de la trocha. Pero a la vez entendía que los años habían pasado, que la edad cobraba su tributo natural y que no permitía ciertos excesos, como el que él estaba acometiendo.

Boris se detuvo, miró al cielo y con pasos cortos e inseguros abandonó la calzada de piedras acercándose a un precipicio situado muy cerca. Allí contempló otra vez el paisaje: el río donde se bañaba de pequeño, los campos de limoneros que inundaban la extensa vega y una nueva barriada que él desconocía. Se limpió la frente como antes, tosió con fuerzas para desatascar sus pulmones y de nuevo comenzó su narración.

*      *      *

Desde el parvulario, Rafa, Alejo y yo éramos inseparables, los más unidos del grupo. Aunque andábamos siempre juntos, nos relacionábamos también con Pepe, aquel apasionado jugador de fútbol, con los hermanos Benítez Orejuela, Pepe Luís, Andrés, Ramón, y otro por el que no sentíamos especial simpatía; un niño rico, un plasta cuyo nombre he olvidado porque hacía bromas pesadas que sólo él reía.

Era nuestra pandilla desde el colegio, los componentes de una cuadrilla que poco a poco se disgregaba en función del trabajo, de las novias o de la emigración.

Rafa, flacucho, moreno y de ojos vivarachos, tenía una gran ventaja para nosotros: debido a la mercería, caía bien y se relacionaba con casi todas las mujeres del pueblo. De carácter alegre, simpático y dicharachero, degustaba la vida con ilusión y fantasía, anhelaba recorrer el mundo y, de haber nacido en una gran capital, habría sido un excelente relaciones públicas o un gran actor de teatro. Bailar era su pasión, organizaba fiestas y guateques, a los que acudían muchísimas chicas, y donde él se exhibía marcando los nuevos ritmos que aprendía con cierta facilidad. Y nosotros, aprovechábamos esa circunstancia para acercarnos a ellas, al contar con su amistad.

Alejo, que su nombre real era Pepe, pero que todo el mundo lo llamaba así para identificarlo como hijo de su padre, que así fue bautizado, era inteligente, guapo y prudente. De un ondulado pelo castaño y ojos azules y soñadores, era de risa fácil, bien agradecido y colaborador con todo lo que se le pedía. Gustaba a las chicas, pero debido a su timidez ligaba más bien poco. Como hijo de un agricultor que poseía varias hectáreas de cultivo, tuvo que aprender a labrar la tierra desde muy joven. Y a él le encantaba. En mi patio, montamos entre los dos, una granja con dos parejas de conejos que pronto se murieron y sembramos semillas de champiñones, compradas por correo, entre los excrementos del tinado de sus burros, que nunca brotaron. Lo suyo era el campo, lo mío no, él gozaba hablando de sus naranjos, de sus limoneros, de sus mandarinas o de sus tomateras. No aspiraba a más. Con aquello se sentía realizado. En realidad creo que nunca le interesó aprender a bailar. La primera chica a la que se acercó se la echó por novia. Pronto se casó con ella y pronto lo hizo padre.

Pepe era un muchacho larguirucho y extravagante, de pelo moreno y rizado, algo gafe e inseguro de sí mismo. Además de buen futbolista, Pepe era otra cosa. ¿Cómo decirlo? Pepe era… Pepe. Infiel por naturaleza, iba y venía; aparecía, desaparecía, estaba y no estaba, y no se sabía bien si era o no era un amigo verdadero. Lo suyo era el fútbol y no la amistad. Nunca se lo aclaramos, nunca se lo exigimos, ni tampoco hizo falta. Para nosotros él tenía otra ventaja: poseía un Picuo (Pick-up), muchos discos y era fácil convencerle para que lo llevase a los guateques. Le gustaba la música y a pesar de ser muy patoso, le encantaba bailar. Eso sí, casi siempre lo hacía con una de sus hermanas.

Diego y Juan eran muy vitalistas, José Luís pesimista y negativo, Andrés un ingenuo y Ramón un chistoso. Los cuatro eran como vagonetas, se dejaban arrastrar por nosotros tres y colaboraban sin armar ruido ni discordancias. Eran como los gregarios en las carreras de bicicletas: ni ganan, ni pierden, sólo participan. Tal vez creían que de otra forma no podrían asistir a las fiestas, ni bailar, ni alternar con las chicas.

*      *      *

  • Sí, he de reconocer que soy unos de esos amantes del pasado — se lamentó. Y con una nostálgica sonrisa, Boris encaró el último tramo del camino. Una vez arriba, dedicó unos segundos a reponerse, a tomar aire.
  • ¡Por fin he llegado! Entro, veo a la Virgen y a la vuelta prosigo. Perdón, es que me encuentro algo fatigado.

Boris entró a la ermita.

La tortuosa pendiente de piedras le resultó ardua para su edad. Durante la subida Boris había rememorado sus años de pubertad y se había encontrado a su antigua profesora. Había divisado la azotea de su amigo Rafa, lo que le recordó una fascinante velada bajo un manto de estrellas. Evocó olores, los bailes, algunos amigos y la aventura de su primer amor. Ahora una vez culminado el ascenso, aún no tenía claro qué iba a contar tras visitar el santuario durante el camino de vuelta al pueblo.

Con aproximadamente tres mil quinientos habitantes, la localidad en cuestión podría situarse en cualquier rincón de este país. Su gente, hasta varias generaciones después de la guerra, se mantenía laborando las tierras de los caprichosos señoritos. Eran años duros, y aunque muchos lo soportaron, otras familias tomaron el camino de la emigración como única salida al hambre que entristecía sus vidas.

Apostada en el declive de una montaña, era cruzada de este a oeste por sólo tres calles: la de Arriba, la de Enmedio y la de Abajo. Mirando al norte, una fértil vega de cítricos bañada por un importante río y, al fondo, como frontera, las vías del ferrocarril. Al oeste, el cementerio, y al este, a escasos kilómetros, una barriada próspera que emerge por la estación del ferrocarril. Al sur, presidiendo el cerro, como para bendecirlo o resguardarlo de infernales augurios, una blanca ermita adornada en su interior con ricos paramentos: un altar, siempre engalanado con bordados en oro y plata, paños de fino encaje, ramos de flores frescas, una cruz y candelabros de cera permanentemente encendidos. Todas sus paredes estaban repletas de exvotos, vestigios de promesas cumplidas, o quién sabe si incumplidas tal vez. Al frente, en un pequeño camarín acristalado, una Virgen popularmente milagrera, entronizada en un templete de plata, principal atractivo turístico y fervoroso talismán de la comarca.

Boris tardó unos veinte minutos en salir de la ermita. Luego se asomó al mirador, respiró muy hondo y comenzó a discurrir.

*      *      *

En ese pequeño conjunto de encaladas casas, de herrumbrosos tejados y de calles empedradas que ahora contemplo, en esta contradictoria localidad que se mueve en extremos de forma pendular, dividida quizás entre altaneros vencedores y sigilosos vencidos, el tiempo ha transcurrido despacio, es decir, ha progresado lo justo. Los sucesivos alcaldes de la democracia, más que reanimarlo, parece que han frenado el avance que merecería, por lo que aún hoy acumula un notable atraso cultural; los jóvenes que cursan estudios universitarios aún son insuficientes.

Percibo que las cosas siguen hoy igual. De noche continúa siendo oscuro y taciturno como por aquella época. Entonces, la guerra incivil había castigado el lugar cruelmente y se hallaba inmerso en las tradiciones más austeras.

De día los viejos pululaban por las calles, a verlas venir, o charlaban de las cosechas tomando el sol por las esquinas para aligerar sus dolores de huesos. Los hombres laboraban el campo desde la aurora al ocaso cuando el amo les concedía trabajo. Si no, se morían de asco en las tabernas o rebuscaban en los sembrados ya cosechados los frutos desechados para llevar algo al hogar.

Las mujeres, calificadas por el régimen de “intelectualmente débiles”, estaban entregadas al servicio de los hombres; vetadas para salir, condenadas a criar a los hijos, dedicadas por entero a las tareas del hogar, sin más perspectiva que la vejez y la muerte.

Era un horizonte gris y descorazonador que sólo la juventud nacida en la posguerra podría cambiar. Una adolescencia atrevida, que lejos de revanchas ya iniciaba esa transformación divulgando una música nueva, alegre y atrevida. Florecientes ritmos y modernos bailes importados de lejos que, tras la segunda guerra mundial, hacían vislumbrar una revolución emergente, una esperanza, un futuro, un nuevo hacer que los viejos repudiaban, imaginando en sus retorcidas mentes que se trataba de una nueva subversión.

Pero ese devenir sería imparable. Obviando a los agoreros, la gente joven lo asumió con naturalidad y, unidos en pandillas, con descaro y con valentía, asentaron los cimientos de un nuevo país.

No obstante, el camino sería largo y no siempre sencillo, pues al igual que los buitres del tajo que revoloteaban por el pueblo, eternamente al acecho, los vencedores de la guerra se ensañaron con los débiles y pusieron zancadillas, retrasando muchos años la evolución.

Todo comenzó a raíz de un insólito suceso que la gente quizás haya olvidado, hecho que, incómodo, a veces creo que sólo yo recuerdo. Página épica que entre la primavera y el verano de 1962 este pueblo escribió y que, de no ser por esos mismos buitres carroñeros que la borraron, habría quedado inscrita, para siempre, en los anuarios de la historia de esta villa que desde aquí diviso.

*      *      *

Boris miró su reloj de muñeca y zarandeó la cabeza.

  • Lo siento, se hace tarde. He de bajar cuanto antes, me esperan y no puedo faltar, así que tengan paciencia conmigo.

Boris inició el descenso y no se detuvo en el resto del camino.

Una vez en el pueblo, tenía una cita ineludible: el reencuentro con los viejos amigos a los que hacía cuarenta años que no veía.

Nada más encontrarse, los tres se fusionaron en un fuerte abrazo. Alguno soltó una lagrimilla y mirándose de arriba abajo descubrieron y bromearon con los cambios físicos que el tiempo les había provocado.

Realmente los tres ansiaban aquella reunión. Se alegraban de sentirse cerca de nuevo y tomar unas cervezas, para reír evocando sus pimpollos pasados.

Boris se percató pronto de que, en lo básico, no habían cambiado; seguían siendo buenas personas, el cariño era el mismo de siempre. La personalidad de cada uno de ellos no difería en absoluto de lo que él recordaba y le agradaba que siguieran tal cual.

Tomando cañas en el patio del bar, bromeando y trayendo a la memoria los buenos ratos de la juventud, estuvieron dos largas horas. Con la ilusión de continuar juntos más tiempo, Boris, se lanzó y los convidó a almorzar en un restaurante. Pero Rafa no lo permitió, al parecer lo tenía todo previsto; argumentó que Reme, su mujer, tendría la comida preparada para todos. Y tanto ella como su tocaya Remedios, la esposa de Alejo, aguardaban en su casa para comer los tres matrimonios. Así era Rafa, desprendido, imprevisible, organizador.

A la hora de pagar surgió una pequeña rivalidad. Boris insistió en abonar la cuenta, pero con la excusa “¡Estás en mi territorio!”, Alejo se adelantó y le fue imposible invitar. Boris se sintió levemente embaucado y prometió que en la próxima no escaparían.

En el patio de Rafa comieron un potaje de acelgas, del que todos repitieron, de antología. La carne estaba exquisita. El tocino y la morcilla, increíbles. De postre se sirvió una leche frita que quitaba el sentido y, para finalizar, se tomaron unos chupitos de licor de avellanas que les supo a gloria. Las alabanzas de Boris, Alejo y de sus mujeres fueron reiteradas. Reme se sintió orgullosa de su buen hacer y prometió que otro día guisaría unos callos que le salían insuperables.

En un momento dado, alegando unas últimas gestiones con los futuros casados, la esposa de Boris anunció que tenían que despedirse. Antes de marchar, se disculparon y él quiso citarse para la noche, pues según preveía acabarían pronto, sobre las diez.

Sin embargo, para su sorpresa, sus amigos se miraron con cierto nerviosismo, como ocultando algo, y rehusaron arguyendo que tenía otros deberes que hacer.

A Boris le desconcertó aquella misteriosa respuesta, más que nada por inesperada. Hacía tantos años que no se reunían, que le chocó que ellos no sintieran lo mismo que él. No obstante, la aceptó de buen grado. Quedaron en verse en la celebración de la boda y con un abrazo se despidieron, hasta la mañana siguiente a las doce, hora del enlace.

Por la tarde, Boris, su mujer y los novios se reunieron con el cura, ensayaron con él algunos pasajes y acabaron de perfilar el solemne acto. A continuación acudieron al salón de celebraciones para probar el menú previsto y atar los últimos elementos del convite. Esperaban numerosos invitados y no querían dejar ningún detalle a la improvisación.

Con todo, Boris acabó demasiado tarde y apenas tuvo tiempo ni de pensar en continuar con su narración.

Esa noche apenas durmió. Su mujer se hallaba demasiado excitada y se levantó un sinnúmero de veces para revisar, una y otra vez, la larga lista de detalles, quehaceres y enseres, mil veces remirada y repasada.

Tantos preparativos coartaban el espíritu de Boris. Como era el padrino, le avergonzaba ser el centro de las miradas de tanta gente conocida y desconocida. Iluso y dubitativo como siempre, ignoraba que el punto de mira del pueblo estaría dirigido hacia su hija y a su esposa, hacia los invitados, sus vestidos y sus peinados, pero nunca, nunca hacia él.

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El eclipse de los sueños – capítulo uno https://fcocamposrojo.com/el-eclipse-de-los-suenos-capitulo-uno/ Tue, 26 Dec 2017 16:38:17 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=411

CAPÍTULO 1

El origen.

El Trienio Bolchevique (España, 1918–1920) fue para los jornaleros como arrancar de las entrañas de la tierra las raíces del arco iris para colorear su triste y miserable horizonte, repintar su sombrío y negro pasado, teñir el grisáceo matiz de su interminable presente. Fue como perseguir un espejismo en los verdes mares de olivos, en los dorados desiertos de trigo o en las blancas estepas de algodón; como rastrear una fantasía en las fábricas, una utopía en los talleres, una ilusión en las caldererías, sirenas en los mares o la piedra filosofal en las minas de carbón. Se podría asemejar a la búsqueda laica del paraíso terrenal a través del sendero imposible de un inalcanzable tesoro: el de la escurridiza y siempre quimérica libertad.

Como fenómeno social, fue el producto de la rebelión de los ilusos, el despertar de los muertos vivientes, el sueño idealizado que albergaron miles y miles de obreros en una larga y sangrienta primavera caliente de esperanza, para salir de la paupérrima situación que ahogaba sus vidas y la de sus familias.

Pero soñar no era de pobres, y los de siempre, armados hasta los dientes con sus injustas legalidades, les sisaron el sueño y, como una tormenta, sus ilusiones se diluyeron en el tiempo.

Inspirado en el triunfo del comunismo en Rusia y promovido tanto por el Partido Comunista de España como por el Partido Socialista y sus juventudes, así como por la Central Anarcosindicalista C.N.T., se crearon euforias obreras generalizadas, corrientes anticlericales y entelequias antiburguesas.

Tras la depresión surgida al finalizar la Primera Guerra Mundial, el pueblo, extremadamente hambriento, desesperado por la miseria y las enfermedades (tisis, venéreas, polio, tifus) e inhumanamente explotado por los patronos (pues eran estos, junto con la Iglesia y la aristocracia, quienes acaparaban las grandes riquezas, las tierras y la potestad de dar o quitar el trabajo), se arrojó a los brazos de la lucha, cansado de ver las enormes distancias que les separaban de la oligarquía. Reclamaban el derecho a un puesto de trabajo fijo, salarios dignos que les permitieran acceder a viviendas decentes, sanidad, educación para sus hijos y, sobre todo, libertad para decidir sobre sus vidas. Se peleó por conseguir unos derechos sociales rotundamente más justos y se perpetró un pulso al Gobierno que costó centenares de muertos.

La Restauración se tambaleaba y los numerosos, inestables y alternativos Gobiernos del Sistema Liberal Oligárquico (liberales y conservadores), pocos respetados y valorados, fueron incapaces de solucionar los problemas que demandaban los distintos sectores de la sociedad. En aquel momento ni a los trabajadores ni a la izquierda se les estaba permitido acceder al poder, pues solamente la clase alta poseía ese derecho. Se hacía necesaria una reforma de la Constitución para dar paso a nuevas fuerzas políticas progresistas, pero el rey, presionado por la oligarquía, se negaba.

En la siniestra guerra contra Marruecos morían cientos de jóvenes y se diezmaban los ánimos de las familias que, temerosas, recordaban aún la Semana Trágica de Barcelona. Los militares, sumidos en la pugna por ambición y por un estúpido sentido imperialista, luchaban con la excusa de conseguir el control y la posesión de unas minas que a la larga no reportarían beneficio, sino que costarían más vidas. Una gran mentira, un falso argumento avaricioso que los jóvenes oficiales utilizaban para conseguir ascensos rápidos por méritos de guerra y así poder eludir el escalafón. Debido a ello, España poseía un ejército dividido y enfrentado. Los no africanistas, hartos y enojados por la forma en que una ley, para ellos injusta, ascendía a los mandos allí destinados, se movilizaron en defensa de sus lógicos intereses con intención de abolirla, provocando con ello a la alta cúpula de la superioridad.

La célebre frase formulada por Marx en el prólogo del libro de George W. F. Hegel, “La religión es el opio del pueblo”, prendió en las clases trabajadoras como una amenazante pesadilla y se extendió por toda Europa. Creció entonces una fuerte oposición antirreligiosa y se evidenciaron lealtades entre el clero, la oligarquía y la monarquía.

Eran tiempos de huelgas, desórdenes callejeros y violencias obreras. La sangre manchaba los suelos y la vida apenas tenía valor.

Los patronos ahogaban a la casi esclavizada clase obrera y estos trataban de sobrevivir dentro de un sistema totalmente deleznable y sumamente hostil para ellos. Miraban escandalizados cómo vivían los ricos mientras veían cómo sus hijos morían de hambre.

Entretanto, la vida cotidiana se hacía cada vez más difícil. En los barrios humildes, niños y mayores se orinaban en las calles o defecaban en los rincones. Las boñigas de los animales de carga no se limpiaban, las ratas pululaban abiertamente y el hedor a perro muerto se volvía insoportable. En los patios de vecinos coexistían con las personas los piojos y toda clase de insectos. Los retretes colectivos, constituidos sobre pozos ciegos, apenas se cuidaban y eran grandes focos de infecciones. Se carecía de agua corriente y la que se utilizaba para lavar la ropa o fregar los suelos se tiraba a la calle, por lo que a la pestilencia nauseabunda de los retretes se añadía el mal olor de los charcos putrefactos y la humedad, que, sobre todo en verano, viciaba el ambiente haciéndolo irrespirable.

Entre el hambre, las enfermedades, las contaminaciones y los contagios, en España morían más de doscientos mil niños anualmente. Los obreros, impotentes, se preguntaban qué podían hacer.

Las familias de las clases humildes, cuyo objetivo principal era dar de comer a sus hijos, comenzaron a emigrar hacia lugares donde pudieran ganarse el pan sin sobresaltos (norte de África o Suramérica), dejando atrás sus barrios, sus pueblos de origen y amigos y seres queridos que en muchos casos no volverían a ver jamás.

Ante ellos, mientras tanto, la opulenta clase alta paseaba con descaro sus riquezas, sus putas y sus vicios, pagados con la plusvalía de sus brazos y su sudor. Ante esta situación, y con cinco millones de parados, no fue de extrañar lo que sucedería en este país en los siguientes lustros y hasta principios de la Guerra Civil.

En la esfera internacional, y sobre todo para la oligarquía, arrancaban “los felices años veinte”, con un auge económico sin precedentes. En el ámbito cultural español, el 4 de enero de 1920 moría el novelista Benito Pérez Galdós; Jacinto Benavente obtenía el 21 de marzo del mismo año el premio Nobel de literatura, dotado con medio millón de francos; y el 16 de mayo moría el torero Joselito en Talavera de la Reina.

Málaga, 1920.

En la Primera Guerra Mundial, los países beligerantes generaron un excepcional mercado que aumentó la producción y los precios, lo que fue seguido de incrementos salariales para los trabajadores.

En la posguerra, sin embargo, el desplome de la demanda originó la depresión agraria, industrial y comercial. Como consecuencia, se dieron despidos masivos en las empresas y la carestía de la vida se disparó. Los enfrentamientos entre amos y jornaleros hicieron nacer un creciente sentimiento obrero y, lentamente, las clases proletarias en su conjunto fueron tomando conciencia de su verdadera inseguridad.

Se perdieron las exportaciones y, ante la incipiente crisis, los patronos solicitaron medidas proteccionistas a los gobernantes. Creyendo que la solución sería reducir los costes de los productos bajando los jornales o aumentando el horario laboral, los empresarios, con desfachatez, lo propusieron a los trabajadores, quienes se negaron a asumirlo en rotundo. Con el lema “ni un céntimo menos, ni un minuto más” despuntó la inestabilidad en el campesinado y se iniciaron las perturbaciones en Málaga tras la primera gran contienda mundial.

Invadida por la pobreza y la tuberculosis, en 1918 apareció en Málaga una epidemia de gripe que en los primeros días de junio perjudicó gravemente a las clases más deprimidas. A partir de entonces se entró en una fase de huelgas y agitaciones. La coyuntura social, altamente conflictiva (Trienio Bolchevique), se extendió desde 1918 a 1920.

Antonio, 1920.

No, no iba a ser un día ordinario. Aún con sueño, aquella extraña mañana de nubes y claros de abril de 1920, caminaba pesadamente. Lejos se hallaba de sospechar que una serie de triviales acontecimientos convergerían y alterarían su futuro para siempre antes de finalizar aquel mismo año.

Todo comenzó en el momento en que, inesperadamente, su hermana Maribel se detuvo a la puerta del colegio, soltó su mano y lo dejó ir solo. Él se giró. Al verla retroceder, percibió un raro presentimiento y algo en su interior se estremeció.

La plazuela donde se ubicaban los dos colegios, el de los chicos y el de las chicas, a esa hora era una algarabía de gritos y juegos. Mientras él y su hermana aún mantenían cierta distancia, los niños y las niñas corrían y se cruzaban entre ambos.

Extrañado, con la candidez infantil de un crío de siete años, Antonio alargó su brazo y le hizo señas para recordarle que debía subir con él. Algo nerviosa, con las manos enlazadas a su espalda, meneando sus largas trenzas de pelo negro, ella miró al suelo y se negó. Bastante desconcertado, Antonio no dejaba de mirarla fijamente. Deseando que solo fuese una reacción momentánea, de nuevo insistió en la llamada, pero ella permanecía impasible. Allí de pie, con la mirada perdida, Maribel no reparó en el gesto de su hermano. Ausente, se llevó las manos a sus grandes ojos negros, los limpió y, a continuación, con la manga de su viejo vestido de pequeñas flores, se secó la nariz y frunció las cejas; con los ojos enrojecidos le sonrió levemente, con la mano le lanzó un beso y, atragantándose con sus palabras, le dijo:

  • ¡Hasta luego!

Girando sobre sí misma, revolotearon sus trenzas y se marchó corriendo.

Mientras miraba cómo su hermana se perdía a lo lejos y doblaba la esquina, Antonio se dejó arrastrar al interior del portal del colegio empujado por varios niños. Al pie de la escalera comprendió que ella no lo acompañaría más a su clase, que no le ayudaría a subir los enormes escalones e intuyó que seguramente no regresaría a la escuela.

Entristecido, una vez más alzó su cabeza buscando a su hermana, pero fue inútil; había desaparecido. Entonces limpió sus diminutas lágrimas y restregó sus manos sobre su pechero. Respiró hondo reconociendo el característico olor a humedad de la escuela y, entre codazos, comenzó a escalar la empinada escalinata.

A la vez que subía lentamente los peldaños ayudándose con cada uno de los barrotes de hierro que resguardaba la escalera, su débil imaginación comenzó a crearle miedos, terribles miedos. Hasta ese momento, no había reparado en su fragilidad. Siempre amparado y defendido por ella, ahora se sentía el más desvalido, solitario y pequeño ser del mundo. Hasta entonces todo le había sido dado y cuando tenía problemas, Maribel, su hermana mayor, siempre estaba allí. ¿Quién lo defendería ahora? ¿Quién alejaría a los que la amenazaban? Sus dudas le creaban temores y el miedo le causaba angustia.

Ausente con sus pensamientos subía, cuando de pronto notó en su muñeca algo así como una pequeña caricia, un suave calor. Miró su mano; alguien se la había cogido. Levantó la cabeza y vio la hermosa sonrisa de una niña que desprendía un suave perfume. Su corazón le dio un vuelco y le comenzó a latir fuertemente. Ella no habló y él no apartó su brazo. Agachó la cabeza tímidamente, y varios escalones más arriba recordó que era la hija de una vecina; no conocía su nombre, ni había reparado jamás en su existencia. Los temores se esfumaron y pronto, al llegar al rellano para entrar en clase, la niña le soltó, le sonrió graciosamente y bajó la escalera acompañada de la sorprendida mirada de Antonio.

Al llegar a su asiento ya había olvidado la contrariedad de su hermana; pensando sólo en su nueva amiga se sentó sin reparar en Salvador y Rafalito, sus amigos y compañeros de banco. Experimentaba una extraña mezcla de emociones. Por un lado, su angustia, su timidez y sus inseguridades, herían sus pensamientos originando en él un sentimiento de soledad y abandono. Pero por otra parte, la esperanza ante la aparición de una nueva persona, una amiga que lo acompañara, que le diera la mano, le proporcionaba confianza. Pero, ¿cómo se llamaba? Nunca antes se había fijado en ella; nunca la había visto en la plazuela.

«¿Vendrá todos los días? ¿Me cogerá de nuevo?»

En ese instante de desazón sonó la voz del viejo maestro y sus incertidumbres se volatizaron. Le encantaba escuchar a don Fausto, se quedaba extasiado. Su cálida voz provocaba en él el efecto de una terapia de relajación, y todas sus preocupaciones y temores se alejaban. Atento, dejó entrar en su cerebro las palabras de aquel sabio bueno; se integró en la clase y se olvidó de todo.

Don Fausto el Maestro, era un hombre soltero de unos cincuenta años, con barba corta, bigote entrecano y gafas redondas. Emanaba un cierto olor a naftalina y sus zapatos chirriaban cuando paseaba por el pasillo central. Solía vestir con una vieja chaqueta, unos pantalones zurcidos, un chaleco desgastado en cuyo bolsillo guardaba su reloj de cadena, y una camisa que a lo lejos parecía blanca, aunque en realidad era de un ocre amarillento.

Vivía en una habitación alquilada a una señora viuda y las malas lenguas hacían sucios comentarios, nunca probados, acerca de la relación entre ambos. Durante sus clases nunca fumaba, pero sus dedos delataban su afición por la nicotina.

En su tiempo libre se relacionaba poco con la gente del pueblo; le gustaba dar largos paseos y siempre llevaba bajo el brazo un libro para leer. Él le enseñó a Antonio sus primeras palabras y le descubrió el maravilloso mundo del aprendizaje. También fue, por cierto, el precursor de su posterior e insospechado destino.

El gallinero, como llamaban al colegio, se ubicaba en la parte alta de un viejo caserón desde donde se veían los tejados de las casas. A juzgar por el olor que a veces inundaba la escuela, por allí cerca debía haber un tinado de vacas, cerdos o burros.

Los alumnos debían acceder al aula a través de una escalera interior con peldaños de madera. Presidiendo la clase, una mesa y un sillón donde se sentaba el maestro. Sobre su cabeza, en el muro, pendía un crucifijo; a un lado, incrustada en la pared, la pizarra grande aparecía por lo general llena de garabatos; al otro lado, un viejo mapa de España colgaba de un clavo con una cuerda; más allá, de pie en el rincón, reposaba un intimidatorio vergajo que don Fausto nunca empleó.

Los mejores estudiantes solían ocupar las mesas más cercanas al profesor. Las diversas filas estaban compuestas por varios bancos unidos. En cada uno de ellos se sentaban dos colegiales, de tal forma que en cada hilera había seis alumnos. Los pupitres eran de madera y constaban de un largo cajón inclinado con una tapa batiente. Dentro de él se colocaban los libros, los lápices, las libretas y todas las cosas, útiles o inútiles, que a un chico se le pudiera ocurrir llevar al colegio; desde ranas y sapos, hasta lagartijas, grillos o chicharras. En la parte más alta de los escritorios había unos vasitos encastrados que el maestro llenaba de tinta azul, en los que los alumnos sumergían sus plumillas para escribir y cuyo olor inundaba el aula.

La clase contaba con alrededor de sesenta alumnos que comprendían varias edades, de tal forma que en el lado derecho del pasillo se sentaban los chicos mayores y en el izquierdo los pequeños. Entre los niños de un lado y otro existía poca armonía, entre otras cosas debido a una competencia harto visible, sobre todo al contestar las preguntas lanzadas al aire por el maestro. Si los menores contestaban antes, a menudo volaban, sin piedad, todo tipo de objetos hacia ellos. Don Fausto se enfadaba mucho, empuñaba la vareta de limón que usaba de puntero y daba golpes sobre la mesa para asustar a la chiquillería; así conseguía mantener la disciplina.

Cuando terminaba la clase todos los chicos salían en tromba y la escalera tronaba con el mismo ruido que un desfile de tambores carentes de ritmo. Aun cuando don Fausto lo tenía prohibido, algunos niños al bajar pateaban machaconamente los escalones para hacerle enfadar; él salía gritando, hecho una fiera, y los desobedientes salían corriendo entre risas.

Perteneciente al grupo de los pequeños, Antonio, inseguro, jamás bajó corriendo. Aquella mañana, sujetándose a los barrotes, escalón tras escalón, consiguió no ser arrastrado por la marea de niños. Una vez en el portal, apareció de pronto frente a él, de pie y al trasluz, su sonriente amiga que lo esperaba. En la plazuela, durante el recreo, la había estado buscando insistentemente, pero no había conseguido verla. Avergonzado salió a la calle evitando mirarla, pero ella se acercó con gracia y sin decir palabra asió otra vez su mano. Él se dejó guiar a través de la plaza en dirección a su casa.

Pronto Antonio consiguió adaptarse a la ausencia de su hermana y a la compañía de Teresa, su nueva y dicharachera amiga. A pesar de que cada día iban y regresaban juntos, sin embargo dentro del colegio se integró en un grupo de niños junto a Rafalito y Salvador, quizás más por miedo que por interés, pues con ellos se sentía protegido y los mayores lo dejaban tranquilo. Aunque a él le atraía mucho más su vecina, durante el recreo en la plazoleta no jugaba con ella por temor a las críticas de sus amigos.

Antonio y Teresa se hicieron inseparables. Se esperaban el uno al otro a la salida de la escuela y en el trayecto siempre iban cogidos de la mano. Tras la merienda, ella solía acudir a buscarlo y jugaban hasta la hora de cenar, pues Teresa, algo mayor que él, de cabellos dorados, cara redonda, tez blanca y ojos azules, siempre llevaba la iniciativa.

*          *          *

El pueblo marinero de Nerja se sitúa aproximadamente a unos cincuenta kilómetros al oriente de su capital, Málaga. La mayoría de sus empinadas calles eran terrizas, y las del centro estaban empedradas. Predominaban las casitas bajas y la torre de la iglesia sobresalía entre todos los tejados. La azucarera, un lavadero de minerales, la pesca y el campo eran sus principales industrias. Debido a diversas plagas en su antes rica y después decadente agricultura, gran parte de sus habitantes emigraron hacia otras latitudes. Este hecho hizo que la demografía menguara ostensiblemente, con lo que el municipio empobreció.

Al borde de unos altos acantilados, en un lugar que el rey Alfonso denominó “El balcón de Europa”, existía una preciosa cala donde los pescadores dejaban sus barquillas de pesca. Para acceder a ella construyeron una rampa de piedras que los chicos más atrevidos bajaban para jugar en la playa.

Algo más alejada, por un camino menos peligroso y tortuoso, había otra playa de pequeñas piedras pulidas y fina arena negra, conocida como Burriana. La gente hacía excursiones a ella para refrescar sus fatigosos cuerpos, torturados por el intenso calor veraniego. Se llevaban la comida y los niños retozaban y se divertían a la orilla del transparente mar con cualquier juego de imaginación o tradición, durante los largos días del estío.

No muy lejos de allí vivía la familia de Antonio, en una amplia casa rústica herencia de la abuela materna. El piso de abajo lo ocupaban tres habitaciones. Una de ellas, que servía de comedor y cocina, estaba dominada por una gran chimenea donde se guisaba y conservaba un fuerte olor a humo. El centro de la estancia lo ocupaba una mesa de madera con seis sillas; también había una antigua alacena donde se guardaban los platos, el pan y la fruta, así como unas cantareras y una orza que contenían agua. Sobre la pared unos viejos cuadros y algunas fotos de los abuelos y unas tías de la capital.

Antonio y su hermana Maribel dormían en otro austero cuarto en el que se hallaban un par de camas de hierro, un armario y una mesilla de noche de una sobria madera oscura y, sobre la pared, un crucifijo y dos cuadros que mostraban unas descoloridas flores. En la última de estas habitaciones su padre guardaba enseres de pesca, aperos de labranza y trastos viejos.

La parte alta de la casa la ocupaba el dormitorio de sus padres, cuya decoración estaba compuesta por una sencilla cama de matrimonio con una mesita a cada lado, un pequeño ropero de cuatro puertas, un espejo y dos sillas; en la ventana, unas hermosas cortinas de flores, y en la pared, un Cristo crucificado y varios cuadros con vírgenes. La otra habitación del piso superior, antes llena de muebles viejos, ahora la preparaban para el bebé que estaban esperando.

Por su parte, el amplio patio estaba separado en varias zonas. Junto a la puerta que daba acceso a la cocina se encontraba un poyete con un lebrillo encastrado para fregar los platos y, al lado, una pileta donde a veces se colocaba una tabla de lavar para escurrir o enjabonar la ropa. En un rincón, en un cercado cacareaban unas gallinas y en otro se criaban dos cerdos. Enfrente, construido muy rústicamente, se ubicaba un pequeño edificio de dos plantas cuya parte alta servía de granero y secadero de pescado. Su parte baja la constituían dos espacios comunicados entre sí que estaban ocupados, respectivamente, por el molino y el horno de pan. En otro rincón del patio se encontraban el habitáculo destinado a guardar leña y paja, el retrete y, justo a su lado, un minúsculo cobertizo en el que se resguardaba el burro.

Antonio adoraba al animal, pero le entristecía verlo horas y horas dando vueltas alrededor del molino arrastrando aquella enorme piedra de granito cónica, para hacer esponjosa la masa. De cuando en cuando, cansado, se detenía, pero inmediatamente, un chasquido procedente de la boca de su padre le hacía reaccionar y el asno comenzaba de nuevo su monótono caminar. El chico miraba los tristes ojos del resignado animal y sentía una pena que le encogía el corazón. Cuando al fin terminaba su desolador trabajo, Antonio lo jaleaba, le echaba de comer y alegre se subía a su lomo; el pollino rebuznaba protestando y él suponía que se alegraba.

En aquella primavera de 1920 Antonio era aún el benjamín de la familia. Estaba bastante delgado y tenía pelo moreno rizado, ojos castaños y mirada serena. De carácter tranquilo y algo tímido, hablaba poco y casi nunca se enfadaba; eso sí, cuando lo hacía sus argumentos quedaban sorprendentemente claros y contundentes.

Siempre fue el niño mimado, aunque todo iba a cambiar con la llegada de su hermanita Lucía. A partir de entonces comenzaría para él una nueva vida llena de increíbles acontecimientos e inesperados avatares que lo marcarían para siempre.

Cuando la madre estaba todavía embarazada de Lucía, alguien le contó a Antonio que su mamá había enfermado de albúmina. Como aún quedaban unos meses para el parto, su padre, preocupado, visitó la escuela. Días después fue cuando su hermana se paralizó en la puerta, lo dejó solo y se marchó corriendo. La maestra le rogó a su padre que permitiese continuar a la niña en la escuela, ya que era una de sus mejores estudiantes, pero él, testarudo, se negó argumentando que debía ayudar a su madre. En su opinión, en esos momentos la necesidad apremiaba y además, lo único que debía aprender una mujer eran las tareas de la casa y había que dejarse de zarandajas.

Por entonces Maribel tenía diez años y era tan delgadita que le costaba mucho realizar los arduos trabajos del hogar. Limpiaba el polvo, fregaba el suelo, barría los cuartos y para lavar los platos debía subirse a una silla porque no llegaba a la pileta.

Cada mañana se levantaba temprano, aseaba y vestía a su hermano, le preparaba un tazón de leche con pan migado y esperaba con él a que llegase Teresa a recogerlo. Su madre le explicaba cómo guisar, la forma de hacer las camas, de lavar la ropa y cómo comprar. A veces rompía algún plato, pero con paciencia, su madre le enseñaba cariñosamente a tener cuidado y no criticaba su inexperiencia o sus lógicos descuidos, pues aún era una niña y como tal se comportaba.

Responsable, al mediodía siempre vigilaba desde la puerta de la casa por si Teresa no regresaba del colegio con su hermano. En general, Antonio era bastante ordenado, pulcro y cuidadoso, pero Maribel se enfadaba con él porque sus manos cada día venían tintadas de azul. Le reprochaba su suciedad, le obligaba a lavárselas antes de sentarse a comer y evitaba que tocase el pan con los dedos mugrientos.

Al acabar el día el frágil cuerpo de Maribel no resistía más y siempre se quedaba dormida en la mesa durante la cena. Entonces su padre la arropaba entre sus brazos y la llevaba a la cama. Antonio, celoso, deseaba que su padre hiciese lo mismo con él, y remoloneaba y se hacía el dormido pícaramente, aun cuando le desagradaba el olor a pescado que desprendía la ropa de su padre.

Vicente, pescador de profesión, poseía sentimientos anarquistas que eran temidos por Ascensión, su mujer. Fue detenido y acusado de haberse implicado en algunas revueltas callejeras y hacía solo unos meses que había salido de la cárcel, los justos para que su esposa quedara embarazada de nuevo. Hastiado de tanta lucha y de la inseguridad del mar, quiso abandonarlo todo, aunque sabía que para conseguirlo la suerte no era suficiente. Con esa esperanza, construyó un horno con sus propias manos en el patio de su casa. Cuando no salía a la pesca, aprovechaba y subía al monte a cargar un borriquillo con leña para encender el fuego y, ayudado por su mujer, amasaba.

Al olor del pan caliente, los vecinos, alabando su calidad, su textura y sabor, acudían deseando adquirir algunas hogazas de su corta producción. Muchas veces lo vendían todo quedándose sin nada, pero aunque los beneficios eran escasos y el trabajo mucho, vislumbraban en ello un futuro, pues el hambre no llamaba a su puerta y podían salir adelante.

Cuando por la lluvia no podía recoger leña o a ir la pesca, Vicente maldecía su suerte, insultaba a los políticos y decía a su mujer que deseaba para su hijo algo mejor. Sólo en esa idea coincidía el matrimonio. Ella conocía a su marido y sabía que intentaría infundirle a su hijo sus ideas políticas.

Pero Ascensión tenía sus propios planes y no se hallaba dispuesta a ello.

La idea se le ocurrió cuando su esposo se encontraba encerrado en prisión. Tuvo que ser socorrida entonces por familiares cercanos y gracias a eso la comida no escaseó en la mesa. Decidió en aquel momento que haría todo lo posible para que su vástago jamás supiera lo que eran la necesidad y las privaciones. Sabía cómo convencer a su marido: en las noches de deseos, lo engatusó; y él, sin otro remedio, se rindió.

Ingenua, desconocía que la vida le depararía a su hijo los más inconcebibles avatares.

*          *          *

A media mañana de un lunes, a finales de abril de 1920, se presentó en el colegio don Dámaso, el cura, acompañado por otros dos sacerdotes desconocidos. Enseguida todos los niños se pusieron de pie en señal de respeto y los tres avanzaron hacia la mesa del maestro. A la vez que saludaban y sonreían, los tres visitantes acariciaban el pelo a algunos de los alumnos. Los tres estrecharon la mano a don Fausto e inmediatamente éste ordenó a los chicos sentarse y seguir con sus tareas. Seguidamente acercaron sillas, hicieron un corro y, mientras los niños curioseaban de reojo, hablaron un buen rato. Tras la tertulia, don Fausto señaló a unos cuantos alumnos para que se quedasen y dio permiso al resto para que marchasen a sus casas.

Antonio, que era uno de los que debía quedarse, pensó que tal vez el asunto estuviera relacionado con la celebración de su Primera Comunión, que sería a finales de mayo de ese mismo año. Don Dámaso le había estado preparado para el acontecimiento hablándole de la hermosura del primer contacto con el Ser Supremo y su mente influenciable estaba muy ilusionada con el gran día. No obstante, le inquietaba la presencia de los desconocidos curas.

Observando a los alumnos que se quedaron, de repente se dio cuenta de que sólo él iba a hacer la Primera Comunión, hecho que le llamo la atención y le produjo cierta curiosidad. Aquellos sacerdotes tan altos, tan serios, le impresionaban y le daban miedo. Antonio, ingenuo, se preguntaba qué querrían, por qué estaban allí.

A continuación, dictaron unos textos. Al finalizar el dictado, él fue el primero al que llamaron para comprobar su caligrafía y sus errores ortográficos. Le hicieron preguntas acerca de Dios, la comunión, los santos y la Virgen María, a las que el muchacho, cohibido, contestó todo lo que sabía. Don Dámaso, don Fausto y los visitantes sonrieron y lo despidieron con unas palmaditas en su cabeza.

Sus compañeros candidatos a seminaristas, prosiguieron su turno.

Para sorpresa de Antonio, por la tarde aquellos curas se presentaron en su casa. Al verlos llegar pensó lo peor debido a la delicada salud de su madre, pues recordaba que cuando un cura visitaba a un enfermo significaba que la muerte rondaba. Temeroso, se lo hizo saber a su hermana y ésta lo tranquilizó con un cogotazo en el cuello.

Su padre hizo pasar a los curas al comedor, subió al dormitorio y al poco rato bajó lentamente junto a su esposa. Ambos entraron en la habitación y cerraron la puerta tras ellos.

Inocentemente, Antonio pensó que sus padres deseaban conocer el resultado de las pruebas del colegio y con enorme curiosidad intentó colarse en la habitación. Su padre, al descubrirlo, le gritó, lo cogió por un brazo y zarandeándolo, lo echó fuera. El chico, sollozando, se sentó a la puerta de la casa con la cabeza entre las piernas. Unos momentos después Teresa lo llamó desde lejos; secándose los ojos, el chiquillo se marchó corriendo con ella y ahí acabaron sus penas.

Varios días más tarde, un soleado domingo de principios de mayo, Ascensión se puso de parto. Antonio, asustado, oía gritar a su madre mientras una tanda de mujeres correteaba por la casa subiendo y bajando del dormitorio, pidiendo toallas y agua caliente. En sus idas y venidas el niño no les quitaba ojo de encima. Su padre, nervioso, fumaba cigarro tras cigarro y paseaba de un lado a otro en la cocina. A veces se sentaba, dejaba el pitillo en el filo de la mesa de madera, frotaba sus manos y bebía vino tinto para intentar tranquilizarse. Observaba a su hermana angustiada abrir y cerrar cajones, correr de un lado a otro y cómo la apartaban sin dejarla colaborar.

Harta, ignorando en qué debía ocuparse, Maribel se sentó. Asiéndose a los bordes de la silla miró a su hermano y encogió sus hombros desesperada. A los pocos minutos el padre reparó en ellos y les ordenó que se fuesen a dar un paseo. Maribel cogió de la mano a su hermano y cuando salían por la puerta, se oyó a un bebé llorar.

*          *          *

Lucía era pequeñita y redondita. A veces Antonio se acercaba cuidadosamente a la cuna mientras ella dormía, curioseando y, extasiado, la miraba durante largo rato. No le agradaba ver a la pequeña mamando colgada de los pechos. Celoso, fingiendo tristeza, posaba la cabeza sobre el brazo de su madre e intentaba recibir sus favores. Ella, con ternura, cogía su mano y, colocándola en la cabeza de la pequeña, hacía que se la acariciara. Con voz susurrante, lo tranquilizaba diciéndole que lo quería muchísimo y esas palabras reconfortaban a Antonio.

Sucedió unos quinces días después de haber nacido Lucía. En la sobremesa de un sábado, aparecieron por la casa y besaron a su madre. Eran dos mujeres con negros vestidos y tez seria. Una de ellas, la más alta, llevaba colgada una gran cruz de un collar de perlas negras y un camafeo en el pecho, que llamó mucho la atención de Antonio. Cuando vio a las dos señoras se escondió debajo de la mesa y, sin ser visto, se escurrió hasta la calle. No quería estar cerca, pues le generaban un mal presentimiento.

Al rato, Maribel fue en su busca y lo encontró jugando con la tierra. Para aclarar sus dudas acerca de aquellas damas que tan efusivamente fueron recibidas por sus padres, le contó que eran las tías de Málaga, que habían viajado desde la capital para conocer a su nueva hermana.

Antonio recordó que su madre, orgullosa, las nombraba a menudo y decía que eran riquísimas. Poseían un molino de grano, varias panaderías, una confitería muy céntrica y algunas casas y fincas de labor. Habían ayudado mucho a la familia cuando Vicente cumplía condena y ahora les suministraban con ciertas facilidades la harina necesaria para amasar el pan que vendían.

El chico fue recibido con entusiasmo, besos y grandes sonrisas de cariño, y lo invitaron a comer pasteles que habían traído de regalo. Observado por todos, tímidamente se acercó a la caja y, sin apartar su vista de ellas, cogió un dulce y se lo llevó a la boca. Las tías lo miraban fijamente aguardando gustosas su reconocimiento. Tras engullir la primera confitura, Antonio pidió repetir y ellas, agradecidas y orgullosas, le dieron un fuerte beso en la mejilla. A partir de ahí la timidez de Antonio desapareció, comió un dulce tras otro y se sintió contento por tener unas tías tan ricas.

Alguien sacó el tema de su Primera Comunión y la más bajita de las dos le habló de Dios, de Jesucristo y de la importancia de tal acontecimiento. Le preguntaron si le gustaba la escuela y cuántas oraciones se sabía, a lo que él respondió que todas. La contestación provocó risas generalizadas. Sin más, el chiquillo cogió un último pastel, corrió a la calle a jugar y dejó a las tías y a sus padres charlando.

Poco rato después, la tía más alta extrajo un rosario de una bolsita y comenzó a rezar. Antonio regresó y se sorprendió al ver que tanto su padre como su madre lo seguían; era la primera vez que los veía orar.

Al atardecer, todos visitaron el cementerio para llevar flores. Delante iban las tías, Ascensión con Lucía y Vicente cogido de su brazo; detrás, Maribel llevando de la mano a Antonio. Al regreso entraron en la iglesia de El Salvador para oír la misa.

A Antonio las imágenes le intimidaban. Sentado entre su madre y su hermana, con la cabeza gacha cerraba los ojos intentando evitarlas. Un sudor frío le subía por todo su cuerpo y se le erizaban los vellos cuando veía las figuras de las dolorosas vírgenes y los trágicos Cristos crucificados.

Una vez finalizado el servicio, Vicente ordenó a Maribel y Antonio que esperasen fuera jugando. Los mayores entraron en la sacristía, donde les estaban esperando don Dámaso y don Fausto.

Tras la cena, sentados al frescor de la entradita de la casa, las tías y los padres de Antonio comenzaron a charlar de nuevo. Maribel y su hermano fueron despachados sutilmente. Aquella noche se acostaron tarde y tuvieron que dormir en un viejo colchón polvoriento en la cocina.

A la mañana siguiente, cuando se despertaron, las tías habían desaparecido.

*          *          *

Su Primera Comunión le decepcionó un poco. Cuando el cura posó en sus labios aquella pequeña galletita, esperaba una fuerte sensación interior, pero no percibió nada especial. Intentando no defraudar a su familia allí presente, actuó un poco; con las manos cruzadas sobre su pecho se arrodilló, rezó un Padrenuestro y fingió un sentir profundo de felicidad.

Poco después el colegio acabó y el verano dejó notar sus altas temperaturas. Su hermana pequeña necesitaba una atención continua y Ascensión apenas podía salir de casa. Como además Maribel continuaba ayudando en las tareas, ese año ninguna de las dos podía acompañar a Antonio a la playa.

Exhortada por su hija, la madre de Teresa se ofreció a llevarlo. En un principio, los padres de Antonio se resistieron, pero al final accedieron advirtiéndole de antemano que no se apartara de la orilla. Cada mañana era como un ritual: a las doce del mediodía esperaba a Teresa sentado en el escalón de su casa con la talega de la comida y el viejo pantalón que le servía de bañador. Cuando ella aparecía con su sonriente cara angelical, a Antonio se le iluminaba la cara y saltando corría a su encuentro. Se cogían de la mano y, junto a la parlanchina madre de Teresa, bajaban el polvoriento camino en dirección a la playa, cruzándose a veces con las piaras de cabras o con los burros cargados de arena.

Una vez abajo, la madre montaba un sombrajo con cañas y una sábana para resguardarse del sol. A continuación dejaban sus cosas bajo el tenderete, salían corriendo y se lanzaban al agua sin temor. Al principio Teresa era obligada a usar un vestido viejo, pero con el paso de los días disfrutó de un pequeño bañador a rayas que una vecina le había confeccionado.

La madre de Teresa sentada a veces a la sombra, a veces al sol, charlaba con sus amigas mientras los vigilaba continuamente como un sargento de artillería.

Cada día de aquel maravilloso verano fue una aventura para los chicos. Chapotearon hasta ver sus dedos arrugados, adquirieron un acentuado bronceado y jugaron con la arena a todos los pasatiempos imaginables, ausentes del resto del mundo.

Al verlos tan unidos, la madre de la chica ironizaba con la de él sobre la intensa amistad de los críos y reía vaticinando el futuro noviazgo de ambos. Asumiendo esa posibilidad, en su ingenuidad Teresa coqueteaba con él. A veces se quedaba mirándolo tiernamente a los ojos y le acariciaba suavemente la mejilla; él le correspondía con una cálida sonrisa.

En un hermoso atardecer de mar sereno, en que un bellísimo ocaso de sol teñía las aguas de color anaranjado, Antonio y Teresa paseaban por la orilla cogidos de la mano. Mientras las suaves olas limpiaban la arena de sus pequeños pies, ella le preguntó si quería ser su novio. Inocente, avergonzado y agachando la cabeza, Antonio, tímidamente contestó:

  • ¡Bueno!

Emocionada y feliz, poniendo en su propia boca las palabras que tantas veces había oído a su madre, arrancó de Antonio la promesa de que cuando fueran mayores se casarían y tendrían muchos hijos.

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