Relatos cortos – Francisco Campos https://fcocamposrojo.com Escritor Mon, 02 Jul 2018 15:24:29 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.1 Juega conmigo – relato sin final definido ¿Te atreves a terminarlo? https://fcocamposrojo.com/juega-conmigo-relato-sin-final-definido-te-atreves-a-terminarlo-2/ https://fcocamposrojo.com/juega-conmigo-relato-sin-final-definido-te-atreves-a-terminarlo-2/#comments Mon, 02 Jul 2018 15:24:29 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=683 Un vuelo movidito

Capítulo 2º.

…continuación

Resultado de imagen de interior aviónUn tanto nervioso, a la vez con sueño, a la vez excitado, encendió su tablet para repasar de nuevo el documento firmado por ambas partes; sin duda su padre y jefe se sentiría orgulloso de su exitosa gestión.

Aún era joven e inexperto, pero confiaba tanto en sus aptitudes, que le encomendó la misión de aquella venta que en principio estaba perdida debido a los precios de la competencia. Sus productos eran éticos, de más calidad y mejor diseño, pero la cuenta de resultados es lo que suele primar para los directivos a la hora de elegir unos u otros artículos y la presunta calidad es secundaria; los clientes no suelen apreciar las ligeras diferencias, decían aquellos que empañan el comercio equitativo.

De repente un confuso traqueteo sacudió el compartimento. Unos chillidos de mujeres sonaron y Roberto, casi acostumbrado a esos vaivenes y baches aéreos, no le dio demasiada importancia.

¡Clin, clan!

Les rogamos permanezcan en sus asientos con el cinturón abrochado. Sobrevolamos una zona de turbulencias. En unos minutos volveremos a la normalidad.

Con todo, aquellos movimientos no eran habituales, el avión se desnivelaba exageradamente a izquierda o derecha… se inclinaba hacia delante, luego atrás, después zigzagueaba como perdido, y vibraba en demasía. Los pasajeros gritaban de miedo. El joven ejecutivo guardó la tablet, se agarró fuerte a los brazos del asiento y comenzó a sudar. De repente la nave se inclinó el morro perdiendo altura a una velocidad inusitada, algunas portezuelas de los equipajes de mano se abrieron y maletas y bolsas volaban por encima de las cabezas. Las máscaras de oxígeno saltaron. Las alarmas vibraban y las azafatas trataban de sosegar a los pasajeros sin éxito. Los chillidos eran dramáticos, los niños lloraban, algunos rezaban en voz alta, pero nadie podía hacer nada para solventar el grave problema que se cernía sobre sus cuerpos. Tenso, con los ojos desorbitados, con el corazón palpitando a toda velocidad, clavando sus uñas en los brazos del asiento hasta sangrar, Roberto no hacía otra cosa que aguardar la salvación aunque fuese en el último segundo. Por su cabeza desfilaban mil imágenes exhibiéndole toda su larga vida: lo aprendido, los aciertos y fallos cometidos; discusiones con sus padres y hermanos, experiencias negativas, peleas, su época de hippie, los escarceos con la droga, y también aquella vez que fue detenido por la policía y llevado al cuartelillo. Nora, su novia, era la chica más guapa del mundo, sus ojos azules, su pelo negro, su sonrisa, sus labios… la amaba, la amaba tanto que por ella cambió su vida… Preparaban la boda… sin embargo… ahora que había sentado la cabeza… inexorablemente ese maldito avión se estrellaría contra la montaña, la tierra o el mar, en varios segundos robándole todas sus ilusiones y su vida.

La chica que viajaba a su lado permanecía con los ojos cerrados, sus manos se aferraban a los brazos de la butaca, pero de sus labios no surgía ni siquiera un lamento.

Los gritos se intensificaban, el avión perdía altura, los pasajeros trataban de colocarse sus mascarillas, pero debido a que oscilaban excesivamente, era difícil atraparlas.

El rastafari marcó un número en su móvil, gritó: ¡Te quiero! y enseguida colgó. Roberto pensó imitarlo, pero los dedos le sangraban, tenía las manos agarrotadas y comenzó a rezar mentalmente encomendándose a la patrona de su ciudad.

Entretanto, en la cabina, los dos pilotos hacían esfuerzos extraordinarios por enderezar el avión. Eran dos veteranos con nervios de acero curtidos en mil avatares similares. Luchaban por entender qué ocurría o cuál era el motivo de aquel inusual descontrol, pero no lo lograban. De pronto, uno de ellos…

¿Serías capaz de continuar este relato?

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De la vida y la infancia https://fcocamposrojo.com/de-la-vida-y-la-infancia/ Wed, 09 May 2018 11:46:43 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=611 Recuerdos

Resultado de imagen de niño atado a un arbolHay días en que recuerdo mi infancia y no tengo más remedio que sonreír socarronamente con las trastadas que de vez en cuando urdíamos en mi pandilla. Por entonces veíamos películas del oeste americano donde los indios siempre perdían las batallas a manos de los pistoleros y soldados yanquis, los cuales siempre aparecían en el último segundo. Un día, jugando a indios y forajidos, atamos a uno de nuestros amigos a un árbol, lo rodeamos de matojos, le prendimos fuego y… por poco nos encarcelan.

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¿Tienes alma de escritor? https://fcocamposrojo.com/tienes-alma-de-escritor/ Mon, 30 Apr 2018 14:36:33 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=607 Si piensas que posees esa inquietud, pues…

«La policía encontró mi coche en una urbanización de lujo una semana más tarde. Apareció con unas misteriosas salpicaduras de sangre en el asiento del copiloto y una cajetilla de tabaco de marca americana en el suelo. Yo no fumaba, sin embargo, cuando me interrogaron, no recordaba las circunstancias, el lugar en el cual me hallaba cuando todo sucedió, ni en el instante en que el infausto vehículo desapareció. Mis amigos declararon que estuvimos en un pub, que bebí más bloody´s Mary´s de los que podía pagar y que entre el portero y un camarero me echaron a la calle porque me sobrepasé con una escultural chica de pelo rubio que se esfumó cinco minutos después.»

¿Qué ocurrió? ¿Quién era aquella chica? ¿Por qué y para qué entramos en aquel tugurio de los bajos fondos? ¿Quién o quiénes pueden imaginarlo?

…continúe éste relato.

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Amor por poderes – relato corto escrito por Francisco Campos Rojo https://fcocamposrojo.com/amor-por-poderes-relato-corto-escrito-por-francisco-campos-rojo/ Thu, 12 Apr 2018 10:53:08 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=600 Amor por poderes

Imagen relacionadaSobre un bucólico y alargado sendero cubierto de árboles centenarios, la guapa Elisa, camina en soledad pisando la crujiente y marchita hojarasca. Por sus rosáceas mejillas resbalan tenues lágrimas de añoranza que elude enjugar implorando quizás una leve señal de amparo. Entre sus manos comprime la última carta recibida, de cuando en cuando la ojea, pero en realidad no desea volver a leerla debido al desagradable dolor que le produce. Sobre su cabello y hombros, se deslizan, como lluvia de lienzo, amarilleadas hojas otoñales; de fondo percibe rumores y piares de pájaros saltando de rama en rama, pero ella, meditando en su triple dilema, zigzaguea, como perdida en las tinieblas del averno suspirando de cuando en cuando frívolos vahídos de pasión. Piensa en las preciosas frases que su esposo le dedica desde el obligado exilio, en la infinita distancia que les separa, y la duda sobrevuela omnipotente sobre su pequeña y frágil cabeza. El equipaje está listo para ser embarcado, el pasaje lo tiene en su poder, pero… ¿subirá a ese barco que la alejaría de él para siempre?

Esgrimiendo argumentos para sedar su desdén, Elisa creaba inútiles excusas tratando de retrasar su agónico destino: «Brasil está demasiado lejos. Me mareo en los barcos. Me sentiré muy sola en esa tierra salvaje repleta de mosquitos», se decía tratando de eludir su contraído compromiso. «Mi padre, ¿quién cuidará de él? ¿Cómo perder esa brisa, ese paisaje, estos árboles, este precioso paseo, amigas, este país, esta ciudad? ¿Cómo ocultar este ardor que surge de mi corazón?

»Desde su penoso destierro, Fernando preparó la boda: iglesia, padrinos, sacerdote, hora, día… y hasta le otorgó un poder especial al que sería su sustituto… Tenía prisa, quería tenerme a su lado, sin embargo, no previó lo que sucedería.

»Creyéndome enamorada, saqué, planché y doble primorosamente mi ajuar, compré mi vestido blanco, velo, zapatos, un precioso ramo de flores, preparé una ligera cena en mi casa para quince invitados y me casé… con él… por poderes. No, nunca, nunca pude sospechar en la encrucijada que me metía entonces, ni en estos enredados sentimientos.

»Mi tía, la madrina, con aquel vestido largo beige y su tocado de plumas, sonreía luciendo su colmillo de oro. Mi padre y padrino, con su traje gris perlado y su flor rosa en la solapa, mostraba orgulloso un rostro de plena felicidad… fue la última vez, cinco días después cayó enfermo y ahora, su barba blanca y su manifiesta palidez delatan su extrema delicadeza. ¡Iba tan ilusionada aquel día! Recuerdo que desde el coche observaba al gentío a través de una rendija de la ventanilla y, deseosa de transmitirle mi sublime felicidad, quería que todo el mundo se girara para gritarles que me conducía al paraíso. ¿Al paraíso?

»Cuando llegamos a la iglesia, alguien abrió la puerta, tendió su mano desconocida, y yo, tras mirar arriba y vislumbrar sus agitanados ojos, hasta se me estremecieron una a una la vertebras de mi columna. Era él, la persona que supliría a Fernando ante el santísimo. Sonriente se presentó como Germán, se colocó a mi lado para que yo lo enlazara por el brazo, pero su insultante belleza y su cautivadora mirada me afectaron tanto en lo que debió ser mi más emotivo momento, que me vi incapacitada para caminar a su lado.

»El pasillo hasta el altar se me hizo interminable, mis piernas flaqueaban, sus suaves dedos acariciaban los míos intentando sosegar mis ímpetus, pero mi corazón quería estallar de puro desconcierto. Durante la ceremonia, yo miraba de reojo a Germán, él también a mí, pero obedientes seguimos el protocolo sin rechistar; respondiendo solamente a las preguntas que nos hacía el sacerdote quien no paraba de hablar y hablar. Advertí que vestía de marino mercante; su imponente presencia hacía que me rechinasen los dientes y cuando tuve que pronunciar el consabido ¡Sí quiero! una espontánea afonía me lo impidió. Hasta pensé que me desmayaría cuando me levantó el velo y clavó su mirada en la mía. Luego, durante el convite, me sentí bastante inquieta. Pues German me dirigía solamente un sí o un no cuando intentaba hablarle, e incluso cuando me acercaba a él para ofrecerle algo de comer. Conversaba con mi padre, con mi tía, con unos y otros, pero notaba que me observaba disimuladamente porque a menudo cruzábamos nuestras miradas. Entonces, en mi estómago revoloteaban las consabidas mariposillas y mis rodillas temblaban de puro placer. «¡Es increíblemente guapo!», recuerdo que pensé mientras lo observaba a través de un espejo embelesada como una niña después de que la mayoría de los invitados se marcharan; vestida aún de blanco virginal.

»Tras la boda pasamos tres maravillosos días juntos… Germán quien se había alojado en una pensión cercana me invitó a comer al día siguiente. Y yo, por cortesía y a la vez con fervorosa apetencia, no supe negarme. Eligió un bonito restaurante frente al mar, degustamos pescado a la brasa y el vino, y la panorámica, unidas a la brisa, a su suave voz, a sus ojos, a su irónica sonrisa y a su rostro al contraluz, rindieron mis flojeados ánimos hasta… ¡No! Mi marido no debió permitir que él ocupase su lugar en la lejanía. Pudo haber sido otro…, cualquier otro… Pero entonces… no hubiese sido él, el misterioso, atractivo y musculoso Germán. Paseamos, reímos, charlamos y… sus penetrantes ojos… No, no hubo escarceos amorosos, ni siquiera un casto beso… pero ambos sabíamos lo que sentíamos. Luego se marchó. Se marchó al cuarto día. Se marchó en aquel infame tren donde lo despedí. Y ahora, con esta carta en mi mano, entre la lujuria y el deseo, la fidelidad y el escándalo, entre el amor y el odio he de tomar la decisión más importante de mi vida…

Resultado de imagen de paseo otoñal con bancosElisa posó sobre su pecho el texto, pensando en la belleza del extraordinario edén que su marido le dibuja en sus encantadoras cartas. Miró a lo alto, y sus vidriosos ojos parecían exudar lágrimas de sangre y guerra. Sufría su inconsciente precipitación, sufría como la persona que se ahoga en un mar de locura infinita, como el niño perdido que no encuentra a su madre en mitad del gentío. Y gemía desesperada porque dentro de su corazón sobrevivía aún el amor que tanto la ilusionó en la adolescencia. Daba vueltas a sus tres confluentes disyuntivas sin saber bien cómo solucionarlas. Correría al lado de su primer amor sin dudarlo, pero el decaimiento impreciso de su padre se lo impedía. «Debo cuidarlo, debo… ¿Debo? ¿Debería? ¿Es eso en realidad lo que me retiene para huir e ir al encuentro de…?» A la sazón le parecía escuchar un silbido distante clamando:

—¡Elisa! ¡Elisa!

Con el corazón anhelante, giró su enmarañada cabeza a ese débil eco de esperanza. Sin embargo, no descubrió al ser que debería remediar su insólito dilema. «¿Me engañan mis candentes deseos? ¿Son posibles dos amores? ¿Acaso debo aguardar a que alguien solucione mi pavorosa contradicción o tal vez he de ser yo quien tome la decisión acertada?», se preguntaba anhelante. Entonces, como un ligero soplo, oyó de nuevo su nombre sobrevolando entre las copas de los árboles. «¡Bah! Es marinero, en cada puerto tendrá su amor… Además, está prometido. Jamás volverá. ¿Cómo es posible que sean tan diferentes?, se preguntó de repente. No, nunca lo traicionará… es su hermano… su hermano… Pero… ¿y esa llamada? ¡Alguien pronuncia mi nombre, mi corazón palpita de amor! ¿Será él? ¡No, mis oídos me engañan, deben ser mis deseos, mis sentimientos!»

—¡Elisa! ¡Elisa! —el grito se intensificaba; se expandía en el aire como un persistente repique de campanas.

Entonces miró al fondo del camino, se levantó del asiento, elevó su falda, palpitante, desbordando lágrimas aligeró sus pasos hacia la voz, descubriendo horrorizada que quien gritaba su nombre desesperadamente, quien la llamaba con tanto anhelo, quien realmente corría hacia ella presuroso, no era el de los ojos agitanados, sino su hermano, su propio marido recién desembarcado.

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El racista – cuento corto https://fcocamposrojo.com/el-racista-cuento-corto/ Tue, 06 Mar 2018 18:08:00 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=574 EL RACISTA

Cuento corto

Don Hermenegildo no era demasiado fanático, pero impregnado por la ideología nacionalista de algunos canales de televisión, la prensa escrita y digital, como director de aquel centro hospitalario, imponía, de forma sutil e inconsciente, el pensamiento racista y misógino en la contratación y reparto de cargos entre sus empleados. Podía ser generoso, a la vez tirano, pero todos reconocían que era un excelente gestor. La realidad es que el hospital funcionaba como un reloj, las piezas encajaban, apenas había retrasos en las operaciones programadas y, público y pacientes, en general, eran atendidos por sonrientes oficinistas o agradables enfermeros. Algunos eran contrarios a sus métodos despóticos y coercitivos, pero el equipo auxiliar y médico lo respetaba, más por miedo que por simpatía, pese a los exabruptos que de vez en cuando soltaba. De carácter paternalista, solía premiar a los más cercanos con prebendas y días libres. Hacía favores a sus correligionarios, que siempre cobraba, pero todo era a cambio de la armonía y buen funcionamiento del centro. Los sindicatos, fuertemente arraigados, luchaban contra ese velado inconveniente claramente contrario a lo humano. Entre ellos, un prestigioso joven cirujano, quien advertía su encubierta inclinación a la injusticia. Discutía con él, lo amenazaba con denunciarlo y trataba de que fuese ecuánime con los compañeros de diferentes razas y sensibilidades. Por suerte, también él sabía manejarlos con habilidad y cautela. Solía ceder a las presiones con facilidad, ante ellos reconocía sus equivocaciones, pedía perdón, cambiaba los primeros días y después volvía a las mismas andadas. Respaldado por el poder, lograba mantenerse en su puesto, pero su misoginia y racismo eran cada vez más evidentes y notorias. Con todo, pese a sus preclaras inclinaciones, en su oficina, rodeado de montañas de papeles y documentos, a veces se preguntaba por qué había perdido a todos sus amigos. Desde aquel trágico accidente que dejó en silla de ruedas a su mujer, lo abandonó todo, se dedicó por entero a ella, y poco a poco dejaron de llamarlo. Él tan jaranero, como en realidad fue, había remplazado a ese ser de agrio carácter, solitario y un tanto despectivo. No la amaba, nunca la amó, pero siempre fue su leal y discreta compañera: expresiva, sociable y locuaz, que le había dados dos rosas a las que quería con locura. Su relación con ellas era excelente, eran buenas chicas y pronto acabarían sus carreras ¿En qué se equivocaba entonces? ¿En qué se había convertido? ¿Por qué lo rechazaban? ¿De dónde provenía esa rencorosa hostilidad? se preguntaba mientras bebía a pequeños sorbos de aquel ron cubano, añejo y tan especial, regalado por alguien que deseaba ser favorecido.

Quizás bajo el efecto del alcohol, tal vez por el influjo de la soledad de su despacho, a veces hacía memoria recordando su primer amor, su único amor, aquel amor que un día lo abandonó porque se había enamorado de otro… y se sentía… ¿De otro? ¡Bah! De un nauseabundo militar americano de raza negra, dejándome tirado para siempre. ¡Ja! Encima son felices, tienen tres hijos y… ¡Bah! Amigos comunes me lo cuentan para herirme. ¡Malditos! No, no podía soportarlo. ¿Qué tenía aquel negro? ¿Qué clase de mujer era ella? ¿Es que carecía de escrúpulos? se preguntaba. Aquel amor, su primer amor, al que jamás olvidó, lo hirió en el alma, en lo más profundo de su ser, y aun después de treinta años, aún la amaba. Por su culpa, odiaba a las mujeres, a los gitanos, a los negros; su desgarro era tan doloroso que era incapaz de cambiar sus sentimientos. Clamaba venganza contra los inmigrantes que invadían el país, a los que arrebataban a las hijas de sus padres con tal de obtener la nacionalidad. Y él temía que las suyas se enamoraran también de uno de ellos.

¡Mataría antes de ver a un negro cerca de nuestras hijas! solía decirle a su mujer.

Empleados, enfermeros y médicos. Mujeres y hombres de diferentes etnias, procuraban mantenerse alejados de él. Desvalorados, notaban su ladino rechazo, notaban su falta de sensibilidad en sus gestos y mirada, y pese a que él presumía de favorecerlos, conocían sus repulsivas opiniones respecto a ellos. En las reuniones, a las que por miedo a los sindicatos no podía vetarlos, solo tenía en cuenta las opiniones de las mujeres o de las personas de otras razas, si éstas eran esgrimidas por hombres blancos. Monopolizaba razonamientos que no podían ser refutados: la gestión y el bien funcionamiento de la atención hospitalaria era su principal argumento, y el respaldo de las autoridades gubernativas, su poder.

Un día, sin embargo, durante uno de sus más ardientes discusiones, notó un desagradable hormigueo en su brazo izquierdo, un fuerte dolor que le apretaba el pecho y la garganta, pareciéndole que le faltaba la respiración. Fue entonces, mientras se desplomaba en el suelo, cuando descubrió la parca junto a él. Vestía del negro que tanto odiaba, no mostraba su rostro, pero él supo al instante quién era; que venía por él.

Con la celeridad impuesta, lo ingresaron en urgencias, lo atendieron como a cualquier paciente y tras varios días en la unidad de vigilancia intensiva, lo trasladaron a una habitación aséptica, donde estaría monitorizado noche y día. Únicamente podría entrar médicos o enfermeras; ni siquiera los familiares más próximos, que solo lo verían a través de un ventanal acristalado.

Los médicos fueron meridianamente claros con la mujer y las hijas: la única salvación posible era un trasplante de corazón.

Acostumbrados a comprarlo todo, los hermanos preguntaron cuál era el precio, dijeron que tenían dinero suficiente para obtenerlo y estaban dispuesto a pagar si no era en exceso costoso. Al oír de sus labios semejante predisposición, los médicos respondieron que en esos casos el dinero no servía, la seguridad social costearía los gastos inherentes, el posible donante sería anónimo, y ellos no tenían por qué desembolsar absolutamente nada. Solamente dependía de la decisión generosa de las personas en los momentos más difíciles de sus vidas. Para que don Hermenegildo viviese, alguien tendría que morir, y que la familia donase su corazón.

Entretanto, sedado o consciente, don Hermenegildo se debatía entre la vida y la muerte.

A veces atolondrado, si veía a una mujer u hombre de otra raza limpiando o manipulando los monitores que lo mantenían vivo, se agitaba en la cama y pedía a gritos no ser atendidos por ellos. Así dejó claro entre los empleados su antes disimulada ideología.

Pasó un mes, dos, las escasas donaciones que surgían, no eran compatibles y había que esperar el órgano adecuado.

Por fin, una noche, en los últimos alientos, cuando los médicos se temían el peor desenlace, una generosa familia donó el corazón de su hijo quien resultó fallecido en una accidentada reyerta producida en un botellón. La analítica constató la compatibilidad, el equipo médico fue inmediatamente convocado para la operación y a medianoche todo estaba dispuesto. Introdujeron a don Hermenegildo en el quirófano, le afeitaron el pecho, le pintaron unas líneas rojas por donde debía rajar el bisturí, y le abrieron vías venosas para la aplicación de fármacos, anestesia y otros.

Sin embargo, en el último segundo, el cirujano jefe, aquel joven sindicalista que se oponía con todas sus fuerzas a él, ordenó despertarlo antes de sedarlo definitivamente. El resto del equipo no comprendía ese acto, pero él tenía una seria motivación.

Don Hermenegildo despertó enarcando las cejas, advirtiendo en el lugar que se hallaba. Una vez que el doctor comprobó que era consciente, que las respuestas a sus preguntas eran inteligentes y definidas, le consultó quebrantando la ley:

A ver don Hermenegildo, el corazón que pretendemos implantarle y que tanto tiempo llevamos esperando para salvarle la vida, es de un chico de raza negra de origen ugandés. Es su última oportunidad: vivir o morir… usted elige…

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La extraña partida – capítulo 9 final https://fcocamposrojo.com/la-extrana-partida-capitulo-9-final/ Fri, 02 Mar 2018 13:04:21 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=572 Capítulo 9

Del susto, la madre lanza la bandeja al aire, el contenido cae estrepitosamente al suelo y, mientras corre por el pasillo. Él ve como el hacha vuela hacia ella inciertamente peligrosa; con visos de incrustársele en su espalda. Por suerte, roza su oreja derecha, donde brota un hilillo de sangre, clavándose después sobre la copia de un cuadro surrealista de Manuel Robles colgado el muro de la chimenea. Entonces ella se detiene ante la pintura, emite un grito de dolor, se toca la herida, nota la humedad en sus dedos, se la mira, frunce el ceño, más que mosqueada agarra el mango, la arranca del madero, gira sobre sí misma, eleva el brazo blandiéndolo, y regresa expeditiva a la habitación. Emitiendo un horrible alarido entra, aparta a su hijo con cierta violencia, quien cae al suelo, y la emprende a hachazos con la pantalla, destruyéndola en mil pedazos mientras grita acelerada: ¡Basta! ¡Basta! Deja en paz a mi niño… Es mi niño… mi niño… ¡Ahaaaaaaaa!

  • ¡Mamá! ¿Qué haces? —el joven se levanta, se quita las gafas—. Mira, mira lo que has hecho —le dice increpándola— ¿Para esto has cogido el hacha de papá? Te has herido en la oreja ¿Otra vez te has rozado con la lámpara?
  • Levantaste la mano, querías matarme…
  • ¡Es solo un juego de realidad virtual…! Nada tienes qué temer… nada. ¿Alucinas? No te has tomado las pastillas todavía ¿Verdad? Abrázame, te quiero…, te quiero…, te quiero muchísimo mamá.

La madre sonríe socarronamente.

FIN

                                               (Si desea leer el relato completo, entre en el apartado categorías/relatos cortos de mi blog: fcocamposrojo.com)   

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La extraña partida (Relato corto completo) https://fcocamposrojo.com/la-extrana-partida-relato-corto-completo/ Fri, 23 Feb 2018 17:51:32 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=563 La extraña partida

¡Pese a todo, no pararé hasta vencerlos! ¿Lo lograré? ¿Lograré acabar esta endemoniada partida? Ufff… La cabeza me da vueltas, me siento mareado, algo confuso… agotado. La vista se me nubla, desdobla imágenes, sombras, figuras. La elasticidad de los tendones de mis manos y mis dedos comienza a ser inoperante. Los reflejos musculares, apenas ya intuitivos, fallan, duelen, hormiguean… El reloj digital de mi ordenador marca las 3,17h AM. Es la tercera noche en vela. Con tal de derrotarme, con tal de someterme, hasta serían capaces de invadir el sistema, mi brazo, mi cuerpo, mi mente, el dormitorio, la casa… ¡Toma! ¡Toma! ¡Revienta! Las naves alienígenas tratan de escapar a mis disparos, a mis descargas, y oscilan, huyen o zigzaguean tratando de escapar de mí metralla. Como rayos cruzan la pantalla de lado a lado, arriba o abajo, o de forma diagonal pretendiendo invadirme, pero como un valiente guerrero consigo cazarlas todavía con cierta destreza… ¡Explota maldita bestia! ¡Toma, muere, cae!

Ja, ja, ja… Tras un intercambio de disparos, logro eliminar a otra de sus aeronaves nodrizas, después he aniquilado a otro de sus más insignes dirigentes intergalácticos y, con cada muerte, con cada extinción una leve sonrisa de pequeño placer surge de mis labios bruñidos por mi lengua. Son peligrosos, muy peligrosos, pero gracias a que lucho contra ellos con los diez dedos de mis manos que, como metralletas, disparan municiones explosivas, logro retenerlos. Del teclado salto al joystick, de éste al ratón… son mis poderosas armas. ¿Qué sucede? ¿Qué error he cometido? Las fuerzas me flaquean, lo sé, pero si cliqueo con mi dedo índice sobre el ratón y los cinco de mi mano izquierda sobre los pulsadores, logro anularlos, matarlos… ¿O no? Este, ese canalla casi se me escapa. No, no solo debo estar pendiente de esos repugnantes seres que aparecen de repente, sino de destruir también sus pequeñas naves invasoras, que como hormigas amenazadas aparecen por miles ante mis ojos lacrimosos.

Mi corazón palpita acelerado, sudo sangre, noto su sabor. Miro el reloj, marca las 5,00h AM. No hace frío, pero afuera llueve. Mis números suman y suman… son doce millones quinientos tres mil. ¡Pero aún no he superado el record! ¿Qué me sucede? ¡No! El dedo índice de mi mano, el que pulsa el ratón, no me obedece. Parece salirle un extraño vello. ¿Serán mis ojos que comienzan a ven alucinaciones o es mi sangre que me ha envenenado? La pantalla se ha tornado blanca y negra, las imágenes saltan a trompicones, y el teclado se aleja y aleja como si lo viese a través de unos prismáticos del revés… ¡No! Las uñas se alargan… los dedos de mi mano derecha se contraen. ¡Santo cielo! ¿Qué es esto? ¿Me abordan? ¿Penetran en mi cuerpo? ¿Se ha escapado alguno quizás? ¡Dispara! ¡Dispara! ¡Ta, ta, ta, ta…! Mi sillón, gira, traquetea, se estremece, como si estuviese bajo el influjo de un terremoto…

¡Qué horror! ¡Qué horror! Temblando, con el corazón palpitante, aparto la mano derecha que no me obedece, agarro el ratón con la izquierda, aún ágil, y consigo eliminar al amorfo engendro que trataba de inocular su veneno en mi torrente sanguíneo. Me tomo un breve respiro, pero advierto que las naves continúan convirtiéndose en pequeños demonios que luchan contra mí y no puedo permitirme siquiera un pequeño descanso, sino tratar de detener la ofensiva. Sudo, las gotas de sudor resbalan por mis mejillas, nublan mi vista, entran en mi boca, bajan por la barbilla, escupo… Me limpio con la manga de mí camisa, luego, trato de pulsar algún botón con cada uno de mis dedos: anular, corazón, meñique, incluso el pulgar, y disparo sin ton ni son para frenar la frecuencia de esos temibles seres verdosos que, de no interceptarlos, me harían tanto daño y… ¡Toma! ¡Muere! Mi piel está fría, mi cuerpo se estremece, tirita, se siente convulso, excitado. Cierro mis angustiados ojos unos segundos, necesito descansar, parpadear, permanecer activo para evitar esas abrumadoras alucinaciones, esos irreales espejismos; esos extraños seres que engañan mi mente, que me atormentan, que amenazan con penetrar en mi boca, en mi estómago, en mis vísceras, en mi… ¡Oh, mi mano!

¡Oh, no! Mi mano derecha se constriñe, los dedos se retuercen convirtiéndose en negras garras de pantera… Horrorizado miro a la izquierda y, esta otra, parece mutar hasta contar diez largos dedos gelatinosos, parecidos a piel de murciélago. De mi garganta surge un leve dolor que poco a poco se intensifica tanto, que ni siquiera puedo pronunciar una vocal sin que me arda. Mis orejas se ensanchan y alargan, mis dientes se prolongan, las muelas se engrandecen. Como estruendosas tuneladoras, nuevos y anormales incisivos se abren paso desmesurados, a través de la mandíbula inflamando mi boca y labios. De mi barba y mejillas surge un pelaje blanco, salvaje y fuerte, que se desarrolla hasta un largo impreciso. Una desagradable flema de sabor agrio y color parduzco, fluye asqueroso de las mucosas de mi laringe, babeando y ennegreciendo el escritorio. Simultáneamente, mi nariz se ensancha, mis ojos son más agudos y sanguinolentos, mi lengua se prolonga puntiaguda, bífida, y mi columna vertebral se comba igual que una serpiente anaconda. El dolor es insoportable, el corazón parece estallar, y sudo, sudo tanto, que mis pantalones destilan una pestilente substancia anaranjada viscosa, ácida y humeante, expandiéndose lentamente por el suelo de mi cuarto.

¡Mis pies! Ahora, ahora puedo verlos… ¡Por favor! ¡Son como… como de saurios: alargados, escamosos, horribles, con largas pezuñas…! ¿Soy un monstruo? ¿Acaso un Tyrannosaurus Rex? ¿Han logrado, quizás, traspasar la pantalla esos extraños seres que no se resignan a desaparecer? ¿Se han adueñado de mi cuerpo convirtiéndome en alienígena tal vez? ¿Es su venganza? Sí, tendrías que haber apagado el ordenador y descansar un rato antes del amanecer. Ni has terminado la partida, ni has vencido, ni has superado el record. Son las 9,00h AM. Y sigo aquí, ante la pantalla intentando, sin éxito, evitar la derrota de esos violentos especímenes. Arrastro mi cabeza por las mucosas excretadas de mi garganta, apenas puedo respirar, la lengua se me ha inflamado, los labios los noto semidormidos, mis fauces…, creo tener fiebre… mucha fiebre… me ahogo, me agobio y… ¡No, no, no puedo respirar…! Por favor, por favor, necesito ayuda…

De repente, uno de esos demoníacos organismos aparece ocupando la totalidad de la pantalla, se ríe, se ríe a carcajadas con su insolente e inhumana bocaza y, temiendo ser eliminado, no me permite siquiera un solo movimiento. Me revelo brioso, intento pulsar alguna tecla para destruirlo, pero mis manos deformadas son incapaces de reaccionar ante mis órdenes. Sufro, sufro mucho, tanto, que ni siquiera puedo levantar el trasero de la silla para ir al servicio… quiero orinar, ir al baño, vaciar la vejiga… ¿me lo haré encima? Me lo haré encima… No, no, por favor… No puedo alejarme ahora… he de soportar esos dolores que parece corroer mis entrañas. Es hoy, ahora o nunca, me faltan unos trescientos puntos para vencer, para destruir a toda la cuadrilla intergaláctica proveniente de lejanos planetas que de lo contrario invadirán la tierra… ¡Oigo unos pasos, el corazón se me acelera! ¡No, nadie puede verme, sería angustioso, escalofriante, perturbador!

¡Qué espanto! ¡Qué pavor! Me observo y soy dos monstruosidades al tiempo. Sí, me veo reflejado en la pantalla, y mi parte izquierda es vampírica: repugnante, horrible. Mi derecha, como una especie de espeluznante yeti blanco peludo. Mis ojos orbitan agitados, miran a todas partes, buscan algo que no encuentran. ¡La cerradura, la cerradura! ¡Alguien pretende entrar! ¡No, nadie debe entrar, no, no puedo recibir visitas! Me mataré, me suicidaré, esto es insoportable, doloroso, agobiante. La puerta se abre. Alargo mi brazo, busco atrapar algo con mis diez dedos amorfos, resbaladizos… entonces descubro cómo mi madre entra, se coloca ante mí… y solo al descubrir la deformidad que aparece ante sus ojos, grita desesperadamente huyendo despavorida… Es entonces cuando consigo atrapar el hacha, la elevo y…

Del susto, la madre lanza la bandeja al aire, el contenido cae estrepitosamente al suelo y, mientras corre por el pasillo. Él ve como el hacha vuela hacia ella inciertamente peligrosa; con visos de incrustársele en su espalda. Por suerte, roza su oreja derecha, donde brota un hilillo de sangre, clavándose después sobre la copia de un cuadro surrealista de Manuel Robles colgado el muro de la chimenea. Entonces ella se detiene ante la pintura, emite un grito de dolor, se toca la herida, nota la humedad en sus dedos, se la mira, frunce el ceño, más que mosqueada agarra el mango, la arranca del madero, gira sobre sí misma, eleva el brazo blandiéndolo, y regresa expeditiva a la habitación. Emitiendo un horrible alarido entra, aparta a su hijo con cierta violencia, quien cae al suelo, y la emprende a hachazos con la pantalla, destruyéndola en mil pedazos mientras grita acelerada: ¡Basta! ¡Basta! Deja en paz a mi niño… Es mi niño… mi niño… ¡Ahaaaaaaaa!

  • ¡Mamá! ¿Qué haces? —el joven se levanta, se quita las gafas—. Mira, mira lo que has hecho —le dice increpándola— ¿Para esto has cogido el hacha de papá? Te has herido en la oreja ¿Otra vez te has rozado con la lámpara?
  • Levantaste la mano, querías matarme…
  • ¡Es solo un juego de realidad virtual…! Nada tienes qué temer… nada. ¿Alucinas? No te has tomado las pastillas todavía ¿Verdad? Abrázame, te quiero…, te quiero…, te quiero muchísimo mamá.

La madre sonríe socarronamente.

 

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¿Tienes alma de escritor? Lee y juega conmigo https://fcocamposrojo.com/tienes-alma-de-escritor-lee-y-juega-conmigo/ Sat, 20 Jan 2018 15:10:54 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=497  El cadáver misterioso

Sorteando chatarra, carcasas metálicas, hierros retorcidos, coches y maquinaría abandonada, escombros, bidones de plástico y matojos, Cipriano, el pastor, guiaba al cabo de policía por un paisaje apocalíptico, cubriéndolo de la lluvia con su paraguas, al interior de la nave abandonada. Mientras, un tercer policía aguardaba a corta distancia vigilante con un arma en sus manos.

  • Sí, jefe por aquella tronera se metió la dichosa cabra. Entré por ella, me lo encontré de frente, y me propinó un susto de muerte… nunca mejor dicho… Menos mal que era de día, que si llega a ser de noche… la palmo.

El policía se sacudió briznas de hierba seca, luego se arrodilló y penetró por aquel hueco guiándose con el haz de su linterna. Cipriano lo siguió detrás. Por último, un segundo uniformado, quien miró antes al cielo plomizo y encapotado temiendo tormenta, exclamó antes de inclinarse para acompañarlos: «Es que éste oficio…»

Una vez dentro, Cipriano se adelantó. El cabo alumbró su cara. Éste señaló al fondo, y el colega, orientó la luz de su linterna hacia donde Cipriano dirigía el dedo índice de su mano izquierda.

  • ¡Santo Dios! —exclamó el cabo al ver aquello. Y se le aceleró el corazón. No, no lo podía creer, lo que estaba viendo era horroroso.
  • Ufff… ¡Qué pestazo! —profirió el policía.

De una viga de hierro, pendía, colgado de la pierna izquierda, el cadáver de una persona desnuda en estado de descomposición. Las cuencas de los ojos aparecían vacías, los labios y la nariz tal vez roídas por las ratas habían desaparecido dejando las muelas al descubierto.

El cabo sacó un pañuelo y se lo colocó para evitar el mal olor. El uniformado lo imitó, pero Cipriano, tal vez acostumbrado a otras fragancias más fuertes, aguantó.

  • ¡Qué horror! Comisario… miré esto… —le indicó a su jefe, guiando el haz de su linterna hacia la entrepierna.

El comisario se acercó advirtiendo aterrado que aquel hombre aparecía con los testículos rebanados a cuchillo, el pene casi carcomido por los gusanos o las ratas, y en la pierna derecha, visiblemente fracturada, tenía grapado un cartel con el siguiente mensaje: ¡Ya no tienes huevos, chivato!

¿Continuas la historia? ¿Te ves capaz?

Interrogantes:

¿Qué ha sucedido antes? ¿Qué pasa con posterioridad?

¿Existen huellas dactilares en el cartel? ¿Y de zapatos, ruedas o manchas de sangre en el suelo?

¿Quién tiene las llaves del portón, quién es el dueño de la nave?

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La extraña partida https://fcocamposrojo.com/la-extrana-partida/ Sat, 23 Dec 2017 17:32:13 +0000 http://fcocamposrojo.com/?p=406 Capítulo 1

¡Pese a todo, no pararé hasta vencerlos! ¿Lo lograré? ¿Lograré acabar esta endemoniada partida? Ufff… La cabeza me da vueltas, me siento mareado, algo confuso… agotado. La vista se me nubla, desdobla imágenes, sombras, figuras. La elasticidad de los tendones de mis manos y mis dedos comienza a ser inoperante. Los reflejos musculares, apenas ya intuitivos, fallan, duelen, hormiguean… El reloj digital de mi ordenador marca las 3,17h AM. Es la tercera noche en vela. Con tal de derrotarme, con tal de someterme, hasta serían capaces de invadir el sistema, mi brazo, mi cuerpo, mi mente, el dormitorio, la casa… ¡Toma! ¡Toma! ¡Revienta! Las naves alienígenas tratan de escapar a mis disparos, a mis descargas, y oscilan, huyen o zigzaguean tratando de escapar de mí metralla. Como rayos cruzan la pantalla de lado a lado, arriba o abajo, o de forma diagonal pretendiendo invadirme, pero como un valiente guerrero consigo cazarlas todavía con cierta destreza… ¡Explota maldita bestia! ¡Toma, muere, cae! (continuará próximamente)

 

Capítulo 2

 

Ja, ja, ja… Tras un intercambio de disparos, logro eliminar a otra de sus aeronaves nodrizas, después he aniquilado a otro de sus más insignes dirigentes intergalácticos y, con cada muerte, con cada extinción una leve sonrisa de pequeño placer surge de mis labios bruñidos por mi lengua. Son peligrosos, muy peligrosos, pero gracias a que lucho contra ellos con los diez dedos de mis manos que, como metralletas, disparan municiones explosivas, logro retenerlos. Del teclado salto al joystick, de éste al ratón… son mis poderosas armas. ¿Qué sucede? ¿Qué error he cometido? Las fuerzas me flaquean, lo sé, pero si cliqueo con mi dedo índice sobre el ratón y los cinco de mi mano izquierda sobre los pulsadores, logro anularlos, matarlos… ¿O no? Este, ese canalla casi se me escapa. No, no solo debo estar pendiente de esos repugnantes seres que aparecen de repente, sino de destruir también sus pequeñas naves invasoras, que como hormigas amenazadas aparecen por miles ante mis ojos lacrimosos. (Continuará próximamente)

 

 

Capítulo 3

 

Mi corazón palpita acelerado, sudo sangre, noto su sabor. Miro el reloj, marca las 5,00h AM. No hace frío, pero afuera llueve. Mis números suman y suman… son doce millones quinientos tres mil. ¡Pero aún no he superado el record! ¿Qué me sucede? ¡No! El dedo índice de mi mano, el que pulsa el ratón, no me obedece. Parece salirle un extraño vello. ¿Serán mis ojos que comienzan a ven alucinaciones o es mi sangre que me ha envenenado? La pantalla se ha tornado blanca y negra, las imágenes saltan a trompicones, y el teclado se aleja y aleja como si lo viese a través de unos prismáticos del revés… ¡No! Las uñas se alargan… los dedos de mi mano derecha se contraen. ¡Santo cielo! ¿Qué es esto? ¿Me abordan? ¿Penetran en mi cuerpo? ¿Se ha escapado alguno quizás? ¡Dispara! ¡Dispara! ¡Ta, ta, ta, ta…! Mi sillón, gira, traquetea, se estremece, como si estuviese bajo el influjo de un terremoto… (Continuará próximamente)

 

Capítulo 4

 

¡Qué horror! ¡Qué horror! Temblando, con el corazón palpitante, aparto la mano derecha que no me obedece, agarro el ratón con la izquierda, aún ágil, y consigo eliminar al amorfo engendro que trataba de inocular su veneno en mi torrente sanguíneo. Me tomo un breve respiro, pero advierto que las naves continúan convirtiéndose en pequeños demonios que luchan contra mí y no puedo permitirme siquiera un pequeño descanso, sino tratar de detener la ofensiva. Sudo, las gotas de sudor resbalan por mis mejillas, nublan mi vista, entran en mi boca, bajan por la barbilla, escupo… Me limpio con la manga de mí camisa, luego, trato de pulsar algún botón con cada uno de mis dedos: anular, corazón, meñique, incluso el pulgar, y disparo sin ton ni son para frenar la frecuencia de esos temibles seres verdosos que, de no interceptarlos, me harían tanto daño y… ¡Toma! ¡Muere! Mi piel está fría, mi cuerpo se estremece, tirita, se siente convulso, excitado. Cierro mis angustiados ojos unos segundos, necesito descansar, parpadear, permanecer activo para evitar esas abrumadoras alucinaciones, esos irreales espejismos; esos extraños seres que engañan mi mente, que me atormentan, que amenazan con penetrar en mi boca, en mi estómago, en mis vísceras, en mi… ¡Oh, mi mano!

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